sábado, 6 de noviembre de 2010

Itsaropena pergaminoa Cap 1

I.  Encuentro

Alzo el brazo. Extendió sus dedos hacia el cielo. Quería alcanzar las nubes. No podía. Aquellos algodones de agua se le escapaban de las manos. Imposible. Estaban muy lejos. El viento  las guía a un lugar mejor. No las volverá a ver. El sol. Quisiera ser como él. Ardiente.  Grande. Dejo caer el brazo. Le dolía la espalda. El banco, donde estaba tumbada, era demasiado duro. Pero no podía moverse. Algo se lo impedía. Además estaba tan a gusto.

Por un instante cerró los ojos. El cielo cambio. No era azul. Un mundo distinto se reflejaba en él como un espejo.  Recordó su infancia cuando veía Digimon. No lo dio importancia. Era imaginaciones suyas. Un impulso inesperado la hizo levantarse. Los había sentido. Extrañada miso a su alrededor. Nada raro. Todo normal. Muy silencioso. Los pájaros habían dejado de cantar. Frunció el ceño. Una nube de hojas volaron haciendo círculos en la hierba.
- ¡Imposible! - grito al ver el fenómeno.
Tras la cortina de hojas apareció un grupo de personas. Tres adultos y tres jóvenes. Uno de ellos tenía  las manos entrelazadas. Formando un sello. Lo reconoció. Había visto muchas veces. Su símbolo el dragón. Aquel hombre era un monje por su vestimenta y su cabeza rapada. Los otro cinco los identifico como ninjas. Desde su lugar no distinguía el dibujo de la bandana. No movió ni un musculo. Prefirió observarlos desde su posición.
- ¿Dónde estamos? - Pregunto uno de los jóvenes. Miraba en todas las direcciones. Su cabello era rubio y sus  ojos del color del cielo.
- En la tierra de los dioses, muchacho - informo el monje. Soltó sus manos.  Su mirada dio con ella. Sonrió.
-¡Ey! ¿Por qué sonríes? - No veía ningún dios. Dirigió la mirada en la dirección donde miraba el monje- ¡TU! – grito señalando a la mujer- ¿Quién eres? – se acerco a media distancia de ella.
- ¿A quién le gritas? - se le acerco una joven con el pelo rosa y le dio un coscorrón en la cabeza-  Naruto no señales. Es de mala educación.
- ¡Ay! Sakura chan- gruño el chico.
- Muchacha mira bien el lugar. –Hizo señas a los dos adultos.
- Sempai, - llamo un hombre moreno al otro de cabello plateado- ¿Ves algo?
- Si, - esbozo media sonrisa tras su máscara.- allí.
Todos la miraron de abajo a arriba. ¿Seria un dios? SE pusieron en formación. La mujer no se movió del sitio.
-¡Ey! ¡Te he hecho una pregunta!   –grito el rubio molesto.
- Muchacho, -puso la mano sobre el hombro del rubio.- tranquilízate. Disculpa, -se dirigió a la mujer. - ¿Eres Amida?
Abrió bien los ojos. Había pronunciado su nombre. Miro hacia atrás. No había nadie más. Suspiro. Dudaba en contestar. Se lo pensó bien.
- Ese no es mi nombre, señor. – Su contestación no era lo que esperaban.- Pero…, - un rayito de esperanza les llego al corazón.-   así me llamáis vosotros. – Sonó su voz solemnemente.
El grupo reconoció la voz al instante. Era ella. Allí parada frente ellos. No podían creerlo. Era de verdad. Alguno se pellizco por si estaba soñando. No, no lo estaba. Pero fallaba una cosa. ¿Qué seria?
- ¡QUEEE! –Grito una vez más el rubio- Sus ojos no son dorados. – dio en el clavo. – Lo dijisteis tú viejo. – refiriéndose al monje.
-¡Deja de gritas! –Grito irritada-  Mis ojos nunca fueron dorados chaval – se quito las lentes – míralo por ti mismo.
- Naruto, mejor no la cabrees. –Ordeno el hombre de la máscara.
-¿Porqueé? – hizo pucheros.
- Muchacho este no es nuestro mundo- tranquilizo el ambiente el monje.-   Aquí nunca podríamos distinguir a los dioses. Tardaríamos décadas. Es el mecanismo de este lugar. – la miro.
- Así es.   –Afirmo con seriedad- Allí se ven dorados, porque a través de ellos se ve nuestro poder. Te ha quedado claro, - con cabreo- Naruto.
Retrocedieron todos al oír el nombre. Seria eso el verdadero poder de un dios. Mantenían la distancia. Había escuchado toda clase de historias y visto otras tantas imágenes. Tenían miedo y ella lo notaba.
- No  sé como habéis venido. – seguía irritada. – Pero tenias que volver- la invadió la preocupación –  aquí no podéis estar.
- Espera. – interrumpió el monje. –  Antes de volver.–Entrego un pergamino.-   tome esto.
EL monje realizo el sello de vuelta. Desaparecieron. Regresaron. Así debió ser. Nunca debieron venir. Rompieron la puerta. ¿Para que vinieron?
Sostenía el pergamino entre sus manos. Lo miraba con tristeza. Trago saliva. Su corazón latía mil por hora. Sus ojos se humedecieron y las lágrimas recorrieron su rostro. El pergamino traía esperanza. Llegaba tarde. Aquel quien escribió ese objeto ya no pertenecía a ese mundo.
Ante ella un joven de su misma de edad con pelo plateado y ojos oscuros. La miraba de arriba abajo con curiosidad. El joven se arrosco la nuca.

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