martes, 21 de diciembre de 2010

Cuando el cielo se cae - Hermanos

~El celestial tiene un nombre entre los suyos. Otro entre los mortales. Si no reciben un nombre mortal, dejan de existir. ~

La primavera llego. Flores por todas partes, pájaros sobrevolando los campos y montañas. El frio se marchó, dejando paso al calor. Otros animalejos correteando por el bosque. Sobre todo se respiraba, sobre todo, paz y tranquilidad.

Estaba sentado en el bosque. Concentrándose en encontrar a sus hermano. Ya no vestía su armadura, demasiado llamativa, si no ropas normales. Se las habían prestado. Una camiseta gris y unos pantalones vaqueros. Siempre, no cuando se lo permitían, andaba descalzo. Era un buen comienzo en su adaptación. No daba con ellos. Suspiró, hacía meses que no tenía ninguna señal de los suyos.

-De esta forma no los vas encontrar, - Le desconcentro una dulce voz.- Kakashi.
-Debo encontrarlos, Amida.- Se lo soltó brusco y cortante.- Son jóvenes.
-Son mayorcitos.- se sentó de rodillas junto a él.- ¿No crees?
-Si no reciben nombre…, -Volvió a cerrar los ojos.- dejan de existir.
-¿Y si fuera así? – le miraba con ternura. – Mejor lo dejo porque no me estas escuchando. Como siempre.

Ya con eso último lo desestabilizo. Concentración nula. Su tranquilidad profanada. ¿Por qué le tuvo que molestar? Ahora le decía eso. No entendía, ni la entendía. Se levanto. En cierto modo, tenía algo de razón, debía prepararse para lo malo. La siguió, aunque sabía el camino hacia la casa: su instinto le alertaba.

-¡Espera! – la agarro del brazo. Paro su paso.
-¿Qué pasa?- se gira alarmada.- Me haces daño.
-¡Sssh!- la salto.- Lo siento.- Mira hacia la casa.- hay alguien dentro.
-¿Pero qué? –se quedo allí donde le dijo.- Vale.- lo dejo ir- me quedo aquí.

Amida lo vio entrar en la casa. Escucho un par de golpes y muebles caer. ¿Quién había entrado? ¿Como lo…? Cerró los ojos. Negó. ¡Bah! Estaba harta. Fue directa hacia el interior de la casa. Se horrorizo al ver el desorden. Se desanimo. No quería ver el resto. Seguía escuchando ruido. Los siguió hasta la cocina. Ahí estaba Kakashi atando a un hombre, con nudos muy fuertes. El pobre hombre llevaba unos cuantos moretones; él, ni un rasguño, se notaba su maestría como guerrero. El percibió su presencia.

-Te he dicho que te quedaras fuera.- lo dijo en su tono habitual: Brusco.- Podría haberte pasado algo.-
-Si, me lo has dicho, pero los ruidos me preocuparon.- le mintió, era el desorden.- y como no lo sueltes.- señalo al maniatado.- mi padre te matara.
-¿?- Mira al hombre.- ¿Le conoces?
-Es mi hermano.- se rio al ver la cara que puso.- y suele venir sin avisar, ¿Verdad?- se dirigió al hombre que también estaba amordazado.- será mejor que recojas todo este desastre.- Miro a Kakashi serie.- Tu lo has tirado todo, tu lo recoges.

Kakashi no comento nada, sólo bufo, la fulmino con la mirada, agarró la cuerda y la rompió, dejando libre al prisionero. Dió media vuelta y salió de la cocina. Se sentía extraño, cabreado, malhumorado, con ganas de golpear a alguien o algo, confuso. Prosigo sin entenderlo. Gruño. La obedeció como si hubiera sido una orden de sus superiores. Colocaba las cosas con mala leche, dando un pequeño golpe, y así todo el rato.
Mientras tanto, en la cocina, Amida curaba los golpes de su hermano, no sin antes de regañarlo. Su manía había causado su malestar. También se lo habían advertido muchas veces ella, su mujer y su padre. Ahora está en ese panorama. Pegaba pequeños grititos cuando le ponía el algodón en la única herida que tenia. Ya vendada, Amida saco una bolsa de guisantes congelado y se lo puso en el ojo morado con brusquedad como castigo.

-¿A qué has venido?- se sentó en una silla cercana a él.
-A traerle este libro a papa.- Saco del bolsillo dicho libro y lo coloco sobre la mesa- y a comentarte una cosa.
-Si es sobre eso, no. – Ojeo el libro por encima.- No pienso volver. Prefiero trabajar desde aquí.
-Allá te reclaman.- la sonríe. En cierto modo la comprendía.- Por lo menos deberás bajar alguna vez a la universidad. Están esperando tus descubrimientos.
-Está bien, Minato.- Le da una pequeña patada. Mañana bajo, pero solo a entregar los informes y regreso.
-De acuerdo, les avisaré.- Se levanto y le da un beso en la mejilla.- Debo regresar, dile a papa que no hemos encontrado a nadie en los puntos que nos pasó.
-Vale, se lo diré cuando regrese.- Medio sonrió.- y tu dile a Naruto que no venga mañana.
-Eso también.- rio-Hasta mañana.

Su hermano marchó. Amida se quedo descolocada. Volver allí, a la universidad, el único lugar que no quiere pisar ya que le traían malos recuerdos. Desterró esos recuerdos, debía vigilar a Kakashi. Le había dejado recogiendo el desorden de sus destrozos. Fue hacia donde supuesta estaría él. No estaba allí. No le preocupo mucho, porque quedo asombrada: Estaba todo impoluto, ordenado y brillante. Se desplomo en el sofá. No recordaba así la casa.

Miraba el amplio cielo. Deseaba tanto volar, huir de allí. Buscarlos de verdad a sus hermanos y compañeros. Se sentía solo, con un vacio en su interior. Escuchó la conversación entera. No estaba preocupado. Aun no. Seguían ahí, lo sabía, los llamaba. Una débil señal, un sentimiento de esperanza. Sonrió. Desplego las alas, aleteo. Espantó a las aves de arboles cercanos. Las replegó, ocultándolas al ojo humano. Como un humano. Si quería sobrevivir largos años, en esa forma no estaba solo, pero… Nada. Se negó a sí mismo. Su código o prohibía.

-'¿Quién me llama?'- una voz resonó en su cabeza.- '¿Quién eres?'- no le resultaba familiar. Parecía pertenecer a un anciano.- 'Joven celestial, no estoy para estas bromas.'
-'Pensaba…'- la señal. La llamada. Era imposible.- 'Perdón, soy…'-
-'Muchacho, no hace falta. No estamos en la ciudad.'- lo noto nostálgico.- '¡Oh! Eso debe significar una cosa.'- Hubo silencio.- 'Ha dejado de existir, ¿no?'-
-'Si, sucedió hace seis meses.' –Le dolía- 'Fue tan…'-
-'Lo suponía, joven.' – Otro incomodo silencio.- 'Eso fue debido a la maldición o profecía.'-
-'¿Qué maldición? ¿Qué profecía?'- llamó su atención- '¿De qué habla anciano?'-
-'Juré no decirlo' –dudé en contárselo.- 'Muy pronto nos veremos.'

Aquel anciano desconecto repentinamente, dejándolo con la duda, sin explicarle sobre esa maldición o profecía. Él sabe la verdad, el porqué de la destrucción de su hogar y de la desaparición de su gente. Tenía tantas preguntas, la necesidad de aclarar sus dudas internas, de despejar su mente, y pensar con claridad.

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