miércoles, 8 de diciembre de 2010

Cuando el cielo se cae - Mi nombre

Los primeros rayos de la mañana le golpearon en la piel. Lo cargo de energía suficiente para recuperarse. Sus fuerzas lo habían abandonado en la caída. No podía moverse. Se sentía muy pesado. Le dolía todo el cuerpo y el alma. Le faltaba algo. No lo recordaba bien. Su mente estaba nublada. Solo necesitaba dormir. Dormir Oscuridad. Pedazos de una ciudad hermosa. Sus compañeros. Una caída…

-Hermanos, ¿Dónde estáis?-balbuceo.

La joven le cambio el paño. Tenía fiebre. El había estado toda la noche delirando. Murmuraba palabras sin sentido. Ahora empezó a temblar de frio. Le arropo. Seguía teniendo frio. Cogió una manta del armario. Se la puso encima. Como un auto reflejo, la agarro del brazo con fuerza. Abrió los ojos de golpe. Emitían una luz especial, pero tornaron a negó. La soltó y volvió a dormirse. La joven no se quejo. Se había quedado petrificada. Le dolía el brazo. Se levanto la manga. Le había dejado marca.

-Lo siento.- susurro él en su delirio.- Y gracias…

Volvió a ponerse bien la manga. Sonrió, porque eso significaba algo bueno. Estaba recuperándose. Su padre selo había dicho antes de marcharse. Lo dejo solo. Debía hacer con urgencia las tareas de la casa. Primero era asearse. Se ducho rápido. Se pudo la ropa que tenía preparada. Ahora comenzaría el trabajo duro. Arreglar el maldito aparato de la electricidad. Bajo las escaleras hasta el sótano. Agarro un destornillador y puso en marcha la electricidad de la casa. Salto de alegría. Lo había logrado. Subió las escaleras de dos en dos. Barrio el primer y segundo piso luego limpio las ventanas y muchas más cosas en un record de dos horas. Por último fue hacia la cocina a hacer la comida. Faltaba poco para que regresara su padre y viniera su sobrino a comer. Acabo de hacer la comida. Preparo la bandeja con un bol de sopa, un trozo de pan y un vaso de agua. Por si despertaba y tenía hambre. Fue otra vez a la habitación. Dejo la bandeja sobre la mesilla junto al bol de agua. Espero por un tiempo.

-¿Dónde estoy?- Empezó a moverse poco a poco.
-¡Espera!- Le impidió moverse.- No te muevas. No estás recuperado.
-Mmm…-Se quedo quieto.- ¿Dónde estoy?- La miro serio.
-¡Ah! Mi padre te encontró- Le conto.- y te…
-De acuerdo.- dijo en un tono poco brusco.- ¿Cuál es tu nombre?
-Amida.- La estaba interrogando.- ¿Y el tuyo?
- Mi nombre no puede ser nombrado por vosotros.- Suspiro.- Aquí carezco de él.- Miro hacia el bol de sopa.- Debería comer.- Coge el bol y lo huele. – Se esta quemando algo abajo.
-¡Oh! ¡Mierda el horno! – Se le olvido el pavo.- Luego vengo a recoger.

El humo alcanzaba hasta las escaleras. Abrió todas las ventanas y puertas. Se le había quemado el pavo. Lo saco del horno churruscado. No tuvo más opción. Los tiro a la basura. No tenía mucho tiempo. En la nevera no había mucha cosa. Resoplo con rabia. Tendría que comer las sobras de la noche anterior. No tenía más remedio que calentarlo.

Un jovencuelo rubio caminaba por el sendero. Un camino poco transitado por los vehículos. El autobús le había dejado a lado de una marquesina alejado de la mano de dios. ¿Cómo podían vivir allí, su abuelo y su tía? Tropezó a lo tonto. Eso le pasaba por no mirar donde pisaba. Vio brillar algo entre la nieve. Gateo hasta allí. Se quedo con la boca abierta con su hallazgo. Era un espada. Hoy parecía ser su día de suerte. La cogió y la observo con cuidado. Podía ver su propio reflejo en ella. Nunca antes tuvo una en sus manos. Lo más raro era… ¿Qué hacía allí tirada? Se levanto y encamino hacia la casa poniendo poses tontas cada cinco minutos.

No estaba muy lejos de la casa. Lo extraño de todo. Fue encontrar una estatua horrible que miraba hacia el horizonte o al campo. El color de su cabellera le recordaba al de su abuelo, pero el de la estatua tenia reflejos plateados. Vestía una armadura cantosa, de oro. Aunque no le dio importancia. Más bien se fijo en sus enormes alas como las de una cigüeña. Parecía que se iba echar a volar en cualquier momento. Siguió su camino. Le daba mido. Sentía su mirada clavada en su nuca. Acelero el paso y entro por la puerta.

-¡Tía!- grito en cuanto piso el interior del hogar.- ¡TIA!
-¡En la cocina Naruto!- escucho por ahí.
-Mira,- fue a donde su tía. – me encontrado esto en el camino.- Levanto la espada.- Estaba tirada entre la hierba.
-Baja eso.- Se aparto al ver el filo de la espada.- Ponlo por ahí.- Le señalo una esquina- Vete a lavarte las manos ahora mismo.
-¡Oye! – Se dirigió al fregadero.- ¿Cuándo puso esa estatua horrenda el abuelo? – Se lavo las manos.
-¿Qué estatua?- Su padre no había puesto nada fuera.- ¿Dónde?
-Ahí fuera.- le señalo con el trapo mientras se las secaba.

Amida se asomo por la ventana. Lo vio allí quieto como una estatua. Mostrando todo su ser. Ahora entendió porque su padre lo llevo a rastras. Su armadura era de oro. ¿Cómo aguantaba tanto peso? Nada. Mejor no hacerse preguntas. Sonrió. Pues ya tenía un nombre para él. Cerró la ventana y le sirvió la comida a Naruto.

-Ahí fuera no hay nada.- mintió y le puso el plato en frente.- Te lo has imaginado.
-¿Cómo?- se levanto de la silla y la tiro. Va hacia la ventana.- ¡¡QUEEE!! – su cara reflejaba todo. – Pero… Pero… - tartamudeo mirando a su tía.- Pero si estaba ahí. – Se comporto como un niño pequeño.- Lo juro.
-Jaja- una risotada fuerte resonó tras ellos.- ¿A qué te refieres, Naruto?
-Abuelo Jiraiya,- se dio la vuelta y le hizo medio pucheros.- La tía no se cree que ahí fuera había una estatua.- achico los ojos.- ¡Has sido tú! ¡Tú la has quitado!
-Calma Naruto.- Intento relajar la situación.- Yo no he colocado nada en el jardín.
-Jardín dice.- Musito y rio un poco Amida. – Anda sentaros o comer.- Les ordeno.- se va enfriar la comida.
-¡Como mande la señora!- Dijeron al unisonó nieto y abuelo.

La comida en familia paso rápida. Fregaros los platos a la misma velocidad. Se trasladaron al salón donde Naruto se quedo frito al instante de sentarse en el sofá. Jiraiya ojeaba un grueso libro. Amida por otra parte tapo a Naruto con una manta. Así no cogería frio. Cerró las ventanas y puertas. Echo un leño a la hoguera y encendió la chimenea. Hasta hace poco no había sentido el frio. Calentó sus manos desplomándose sobre el sillon. Se reclino y cerró los ojos para sentir el calor.

-Deberías de llevarle eso.- buen momento tenía su padre para molestarla.- Ahora que el bicho duerme.- se refería a Naruto.- Debe de extrañarla.
-¿Y porque no la subes tu?- Le pregunto con los ojos cerrados.
-Estoy leyendo un libro de astronomía, hija. Escusas para no hacerlo él.
-Vale padre.- Abrió los ojos con pereza.- Pero podrías hacerlo tú.

Subió las escaleras con desgana. Además llevaba la espada. Pesaba un quintal. Llego al último escalón exhausta. Tomo aire. Solo era entrar. Darle la espada. Recoger la bandeja. Regresar al cómodo sillón junto al fuego. Dio dos pasos y llego. Pero se quedo en el umbral entre el pasillo y la habitación. No sabía cómo. La estaba esperando. Sentado sobre la cama.

-Tienes algo para mi.- Seguía con el mismo tono de voz.
-Si la espada.- Se la enseña.- ¿Dónde te la dejo?
-No, aparte de eso.- Se levanto y le quito la espada de las manos.
-¿¡Como!?- la confundió por poco tiempo. Lo recordó.- Un nombre.
-Mi nombre. Por primera vez lo vio sonreír. -¿Cuál es? –la miro a los ojos.
-Esto… - La leía el alma con esos ojos oscuros. Sonrió.- Kakashi…

No hay comentarios:

Publicar un comentario