viernes, 4 de noviembre de 2011

Cascabeles y Amor Secreto.

Pasaron los primeros días y mi hermano me puso hacer cosas raras. Según él era un entrenamiento especial. Para mí no lo fue. Era una tortura continua. Tampoco se libro la serpentina pesada esa acoplada. La tenían leyendo libros todo el día. Ella y yo acabamos todas las noches con agotamiento mental. Parecíamos zombis. Mi hermano y su amigo se reían mucho de nosotros. Para el colmo mis sobrinos se dedicaban hacernos trastadas cuando estábamos en ese trance. Hasta ese día, colgué unos cascabeles en el marco de la puerta. Si a eso se le llamaba marco. Les puse unas reglas. No debían utilizar ningún mueble de casa, Ni objetos de fuera. Las demás condiciones se las puso su padre.  Tardaron como mucho, varios días en coger algún cascabel. Su padre les obligo a usar el conocimiento que él les enseño. Fue divertido mientras duro. Volvieron a las trastadas.  La serpentina y yo cogimos un cascabel cada una y los escondimos en lugares altos y otra vez empezó la expedición agarra el cascabel. Tuvimos una tregua de más de dos meses. Entre tanto alcanzamos un gran nivel con todo, nuestro poder. Yo descubrí que podía leer en cualquier objeto su historia y lo que sucedía al otro lado del mundo, podía controlar el tiempo atmosférico y otros tantos que podría listar. Tenía más control en ello que la serpentina. Porque las ancianas de la aldea me llamaban líder de dioses. Ósea que la serpentina me tenía que obedecer si o si.  Eso me encantaba. Aunque tenía obligaciones como líder. Debía llamar a los otros dioses, pero no sabía cómo hacerlo. La tregua con mis queridos sobrinos se acabo. Encontraron los cascabeles y a mí se me ocurrió un día. Cuando eso sucedió ellos ya tenían doce años. Se lo consulte a mi hermano. A la serpentina la mande a traer una cosa del quinto pino del mundo. Así me dejaba en paz por una vez en su corta vida. Cogí los cascabeles y me los guarde en el bolsillo trasero de mi pantalón. A ambos sobrinos les cite en un claro del bosque. En el que siempre entrenaban y conocían muy bien. Generaciones más tarde esto sería una tradición para probar a los nuevos gennins.


-¡Tía, esto es un rollo!-Se quejo uno de mis sobrinos, el pequeño.
-Yo había quedado para ir pescar.- Lo dijo en un tono seco y serio mi otro sobrino.
-¡Esperad leñe! ¡No encuentro lo que busco! –Rebuscaba en mis bolsillos y encontré los cascabeles, pero solo tenía dos. El otro lo guarde otra vez.- Bueno, el juego de hoy será…. – Hice pausa dramática.- Intentar quitarme este cascabel y el que lo consiga gana un premio.
-¡PREMIO!- Gritaron a coro ambos.
Sus ojitos hicieron chiribitas y saltaron como locos hacia mí para intentar arrebatármelo. No lo lograron. En cuanto saltaron, yo desaparecí. Les oí maldecir. No tenían previsto mi desaparición repentina. Me buscaron horas por el bosque.  Yo me escondí muy bien y de paso aproveche para echarme una siestecilla. Desconecte de todo el mundo. Al abrir los ojos no me percate que se había hecho de noche y salí de mi escondrijo. Aun seguían buscando, pero por separado. Sin éxito, se volvieron a reunir en el claro. Aparece como de arte magia y  les pegue un susto a ambos. Salieron corriendo despavoridos hacia la aldea. Perdieron el juego. Yo hice lo mismo regresar. Pero por el camino caí en la trampa del pequeño. Sin darme cuenta tenía en su mano el cascabel.
-Tía, me debes un premio.- Se fue corriendo contento con el cascabel y me dejo ahí colgada.
A mis pobres sobrinos les mentí sobre el premio. Solo fue un incentivo de nada. Quería ver sus mejorías en todo y me impresionaron. Me dejaron colgada ahí dos días enteros. Pase de usar mis poderes. Al final, fue mi hermano quien me vino a buscar. Más o menos le pillaba de paso. Pues regresaba de uno de sus viajes. Se rio al verme así y luego comento que se lo contaría a su amigo. Esos dos eran peor que los críos. Cuando se juntaban a tramar algo, era mejor desparecer. Se les notaba a leguas. Aunque no traía buena cara. Esos dos días en soledad, sentí una nueva forma malvada seguir de las entrañas de la tierra.
-Ya lo has notado, ¿no?- Me dijo sin mirarme. Se le veía realmente cansado.
-Sí,-Mire al cielo.- desde hace dos días. ¿Sucede algo?
-No,-Se paró en seco.- Debo sellarlo en algún lado como sea.
-Los objetos no va servir- Me puse a pensar.- Los romperá.
-Ya lo sé.- Sonrió de lado.- La abuela me dejo instrucciones para ese día.
-¿¡QUÉ!?- Grite escandalizada.- ¿Qué vas hacer? ¿Sellarlo dentro de ti? Tu cuerpo no lo soportara.
-Te recuerdo que por mis venas corre sangre de un dios.- Se puso serio.
-En su forma mortal.- Acabe su frase.
Lo hizo. Sello ese ser dentro de él. Su fuerza cambio y dio rienda suelta a todo lo aprendido. Viajo más y difundió su forma de pensar. En cierta forma las guerras pararon. La gente lo aceptaba. Nosotros notábamos un gran cambio eminente en el mundo. Para esa época, ya habían acudido a mi llamada seis como nosotras dos. Tuvimos que hacerles un cursillo acelerado, porque las situaciones buenas acaban mal. La vida de mi hermano no era igual a la nuestra. Leíamos en su rostro el fin de sus días. Nos estábamos preparando.
Me hallaba sumida en mis pensamientos cerca del pozo. Por primera vez podía pensar en mis chorradas. Habiendo más de nosotros, me lo podía permitir. Alguien vino corriendo hacia mí. Se abrazo con fuerza. No se quería despegar de mí. Estaba llorando a mares. Le había sucedido algo que le marco. Era el hijo pequeño del amigo de mi hermano. Intente consolarlo un poco.
-¿Qué ha pasado?- Le pregunte meciéndole. Solo tenía siete años.
-¡MI PAPA NO QUISO A MI MAMA!- Grito con una vocecita aguda de esas que hacen daño al oído.
-¿Y eso?- ¿Por qué lo preguntaba?, si lo sabía de sobra.
-Mi…papa…- Saco una cajita.-guardaba…esto…- Se sorbió los mocos.-para… regalárselo a una mujer.- Dejo de hipar.- Se lo dijo a tu hermano.
-Cálmate un poco.- Le daba palmaditas en la espalda.- Seguro que escuchaste mal.- El pequeño alzo sus ojitos llorosos.- Igual se refería a tu mama.  Esa cajita –Señale al objeto que cada vez que lo movía sonaba como cascabeles.- guarda algo que nunca se lo pudo. –Mentí.- Sera mejor que lo vuelvas a dejar en su sitio.
-¿De veras? –Volvió a sonreír y se separo de mí.- Esto era para mama.- Yo asentí.- Lo volveré a dejar donde lo encontré.- Se limpio las lagrimas en la manga y salió corriendo vuelta a casa.
El viento soplaba suave y cálido. En mis pies desnudos sentía como la tierra se movía, le hierba crecía y el nacimiento de un nuevo ser. Paz, tranquilidad, cansancio… Estuve toda la noche de un lado para otros. Buscaba un lugar para ocultar una de las nueve partes del ser. Si, mi hermano murió al llegar el otoño. Los años pasaron rápido para mí y los míos. Mis sobrinos se habían hecho unos hombres.  El mundo cambio y a mi hermano lo hicieron leyenda. Ahora todos los conocen como Rikudou Sannin.
La rama, donde estaba un pájaro, se quebró. Mala señal. Los pájaros del bosque salieron volando. Cerca alguien peleaba. Eran dos personas. Escuche al viento y susurro sus nombre, mis queridos sobrinos. Ellos otra vez. La actitud de ambos cambio y sus riñas amentaron tras la muerte de su padre. Esta disputa era de las peores. Me dirigí hacia allí lo más rápido que pude. Parecía no tener fin. Pare en seco. Mi alma grito. Mi corazón se rompió en pedazos. ¿Qué me pasaba? Me aparecí ante ellos. Allí los encontré, horrorizados y petrificados. Uno de ambos había matado al mejor amigo de su padre y sensei, Takashi.
-¿Qu….- No me salían las palabras.- qué habéis hecho?- Me acerque al cuerpo ensangrentado. Aun seguía con vida. No me lo podía creer. Me sentí impotente e incapaz de hacer algo. Antes de un dios soy humana. Mis ojos se humedecieron, muy raro en mí.
-Tia… Nosotros…-Balbuceo el mayor.- no…
-¡Largaos de aquí! –Interrumpí y os mire con mirada asesina.- ¡Ya!
Mis sobrinos desaparecieron ante la amenaza. Mis ojos lloraron sin darles permiso.
-¡Ey! - Tosió sangre.- No llores por mí.- Seco mis lagrimas y le agarre con fuerza la mano.- Llego mi hora y lo sabes. - Tosió más fuerte.
-No,- Negué con la cabeza.- puedo…
-No, -No me dejo acabar la frase.- prométeme una cosa.- Asentí.- Cuida de mi familia, el pequeño lo va pasar mal y el mayor ya no vive en la aldea.- Sonrió forzosamente que sus arrugas se acentuaron mas. Sus ojos se iban cerrando. Su fin llegaba.-  He de confesarte una cosa.- Apuraba sus ultimo minutos.- Te ame desde la primera vez que te vi.- Cada vez le costaba más respirar.- Te prometo, algún día regresare…

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