viernes, 4 de noviembre de 2011

Hermano y Serpientes.

 En mi vigésimo primer cumpleaños, empecé a escuchar voces dentro de mi mente. Me llamaban. Parecían estar muy cerca de mí. ¿Qué querían? ¿De dónde provenían? Quise que pararen ya. No lo conseguí. Seguían allí. No supe donde estaban. Ni que hacer. No podía ayudarlas. La cabeza me iba explotar. ¿Qué fue eso? Una de tantas voces se alzo sobre las demás. Me llamaba como si me conociera. ¿Cómo sabia mi nombre?  Yo no conocí a nadie en días anteriores. ¿Cómo era posible? Seguía insistiendo aquella voz. No lo soportaba. Debía ignorarlos. Sino… ¿Qué paso? Algo tiro de mí.


Cuando sucedió eso, yo me encontraba en mi habitación. Estaba a punto de ponerme el calzado. Ese algo me tiro con brusquedad al suelo. Al levantarme, como estaba frente al espejo, me mire. El iris de mis ojos tornó de color marrón a un dorado. Me sorprendió. Entonces una luz blanca inundo mi cuarto. Me llevo a un hermoso bosque. Los arboles alcanzaban el cielo. Sentí un cosquilleo bajo mis pies. La tierra estaba húmeda y la hierba crecía a su ritmo. Ya no escuchaba las voces. Además no sabría cómo explicar con palabras esta nueva sensación.
-¡Ahí va!- Exclamo alguien tras mi.
Me asuste. La voz sonó muy cerca. Me puse en alerta instintivamente. De un arbusto salió un hombre de cabellos blancos o plateados. Muy raro era ese tono de pelo. Sus ojos oscuros me estudiaban de arriba abajo. Me aleje un poco, porque igual era un pervertido. Además podía leer su edad en el rostro. Tendría unos treinta años. Se rasco la nuca.
-¿Eres un dios?- Fijo su mirada en la mía.- Te pareces a mi amigo.- Llevaba una azada en la mano y se la puso al hombro.- ¡Anda! ¡Tus ojos son dorados como  los de la abuela de mi amigo! – Se le encendió la bombilla.- ¡Ah!- Me agarro del brazo.- Ven.- Sonrió. Había recordado algo.- Mi amigo te ha estado esperando mucho tiempo.- Inicio el camino.- No me he presentado. Mi nombre es Takashi Hatake.
-¡Ahm!- Una punzada en la cabeza me cegó. Las voces regresaron. A partir de ahí no recordé nada.
-¡Hijo al de aquí! –Grito en la entrada de una oscura habitación.- ¡Ve a jugar con tu hermano!
-¡No quiero!- Se quejo. Era la voz de un niño. Me incorpore y la asuste al tocarle. Estaba de espaldas a mí. Salió corriendo.- ¡Papi! ¡Papi!
-Buenos días,- Saludo el hombre al coger al crio en brazos.- Mi amigo te trajo aquí en brazos. Te desmayasteis.- Se acerco. El pequeño se abrazo más a él. – Oíste las voces y me llamado, ¿no?-No me salía la voz. Así que afirme con la cabeza.- Bueno, entonces me toca contarte algunas cosas.
Dejo al pequeño encima de la cama junto a mí. Se hizo ovillo. Aquel hombre encendió una vela y se la acerco un poco al rosto. No se le veía mucho. Suspiro y le llama de la vela tembló. Se puso más o menos a mi altura.
-Soy tu hermano…-
Me quede perpleja. ¡Yo un hermano! ¡Imposible! Luego recordé una cosa, una pequeña historia sobre mi nacimiento. Naci con un mellizo, pero este nació muerto. En ese momento, entendí las palabras de aquel hombre.
No hable. Aun seguía en shock ante esa pequeña revelación. Él intuyo mis dudas. Puso su mano en mi hombro y deposito la vela cerca de la cama. Me empezó a contar su historia. En cierta forma yo estaba ligada a ella como la abuela. Meses antes de morir la abuela, trajo su espirito de mi hermano aquel mundo. Lo crio y entreno como si fuera uno de los suyos, un dios. Pues le servirían para sobrevivir en ese salvaje mundo. También le impartió otras clases de enseñanzas, para transmitírmelas a mí. Porque un buen día le dijo que su fin estaba cerca y debería regresar a su hogar. Esto último sucedió cuando alcanzo la mayoría de edad. Antes  de despedirse, le dio una misión. Aun no la podía revelar al mundo. Sonrió y me cogió de la mano. Me guio hasta el exterior. Vivía en una pequeña aldea y me la quería enseñar. Estaba llena de paz. No era así. Más allá de los grandes árboles había una gran guerra interminable. Todavía no los había alcanzado, porque esos árboles los protegía. Más bien fue la abuela quien los protegía.  Por su parte él se estaba preparando como otros tantos, para hacerla frente si hacía falta.  Mi hermano les enseño las enseñanzas de la abuela. La misión de mi hermano era que la paz reinara en todo el mundo, pero solo era un sueño.
Me presento a todos los aldeanos, desde los más pequeños hasta los ancianos. Descubrí que el pequeño al cual asuste, era mi sobrino. No, en realidad tenía dos sobrinos gemelos. Eran igualitos, pero se les podía distinguir. Tenían distintos caracteres. Desde ese día mi pequeño sobrino no quiso separarse de mí. Me perseguía por todos lados, en vez de ir a jugar con su hermano. Era un curioso nato como yo. Me enseño todos los recovecos de la aldea y quien vivía en cada casa. Fue raro, pues lo leía en la fachada de las chabolas. No me hacía falta preguntar nada.
El día se me hizo corto. La noche llego. Me ofrecieron algo de comer. Lo rechace. No tenía hambre, ni sueño. Las horas para mí son como minutos en mi mundo. Quería curiosear aquel nuevo mundo por explorar. Así lo hice, pero no me aleje mucho de la aldea. Fui a ver los grandes árboles del bosque crecer. Allá donde pisase las flores crecían con colores vivos y dulces aromas. Llego a un pequeño lago con su cascada. Allí una anciana con una gran trenza apareció salida de la nada. Su sonrisa era cálida, pero su mirada era helada. Agarra un bastón con las dos manos.
-¡Oh!- Se hizo la sorprendida.- La joven Dragón por fin ha venido. ¡Ya has tardado!
-¿¡Cómo!?- Me había llamado como los aldeanos en cuanto me vieron.
-¡Jajaja!- Se rio.- Eres igual a tu abuela, pequeña.- Dio un golpecito al suelo con el bastón.- Ahora podre llamar a esa perezosa y jubilarme con tranquilidad.
Con el golpecito del bastón, trajo consigo a una joven de pelo ondulado. Se agarraba a la almohada como si de un salvavidas tratase. Bostezo ignorando todo.
-Abu, -Se frotaba un ojo sin abrirlo.- ¿No se suponía que hoy dormiría un poco más?
-Debías estar preparada para esto.- Le regañaba a mala gana.- Abre los ojos, chiquilla.
-¿De qué hablas, abu?- Abrió los ojos y se quedo con la boca abierta.- ¡TU!
-¡Lo que faltaba! – Me queje.- También te tengo que aguantar aquí.
-¡Te voy a matar!-La amenazo, pero se vio goleada por el bastón de su abuela.- ¡Ay!
-Bien, ya os conocíais.- Volvió a dar otro golpecito en el suelo.- Discúlpala, aun no le ha crecido la trenza.- Después desapareció dejándome con la pesada esta.
-Por tu culpa mi abuela me arreo,-La golpeo fuerte con la almohada.- siempre lo estropeas todo. Ahora soy la maldita serpiente y tu una maldita escupe fuegos.
-¡Y a mí que!- Me encogí de hombros y me aleje de ella por no aguantarla. – Esta amaneciendo tengo que regresar o mi hermano…- Salí corriendo.
-¿¡Hermano!? ¿De qué hablas?- Su voz sonaba lejana.- ¿¡A DONDE HAS IDO!? ¡NO ME DEJES AQUÍ!

No hay comentarios:

Publicar un comentario