domingo, 13 de noviembre de 2011

La muerte de un dios en vida y su guardián

Las hojas caían lacias y sin vida desde lo alto del árbol al suelo. El otoño llegaba muy pronto. Las nubes amenazaban con ocultar el sol. El viento se llevaba lo poco que quedaba del verano. El frio se instalo en el valle. Los pequeños animalitos y otros tan grandes se iban invernar. Los demás dioses los guiaban a sus camas. Aguardarían el día de su despertar en los principios de la primavera. Los cuidarían de sus malos sueños. De los hombres se alejaron. Temían correr mi mismo destino.

Había pasado un año desde el incidente. Mis sobrinos se declararon la guerra abiertamente y formaron los primeros clanes del mundo. Dio comienzo a una cadena de odio por parte del mayor y una voluntad ardiente del pequeño, seguiría los mismos pasos de su padre. A causa de tanto dolor, perdí el color en mis ojos. Me veían  como muerta. No atendía a los rezos de las gentes. Aparecía muy rara vez. Me aleje de ellos. ¿Tanto me había afectado la muerte de Takashi? No lo entendía.

No me aleje tanto de la aldea y tumba. Una gruesa cadena me tenía atada aquel lugar. Mis congéneres, ni nadie logro moverme de allí. Les chillaba, si medan algo. En una de mis visitas en su tumba, me encontré a su pequeño hijo. Llevaba consigo un cuchillo. Estaba borrando su nombre de la piedra con rabia. Desde su fallecimiento, nunca se atrevió a ir. A él, también le afectado muncho. Paro su acción al verme.

-No merece una tumba.- Su voz sonó rota.- Rompió su promesa.
-¿Cuál promesa?- Le pregunte. Él alzo su vista y se sorprendió.
-¿¡Tus ojos!?-Exclamo.- Son… Son…
-No te desvíes de mi pregunta.- Alce la voz y le vuelvo a preguntar.- ¿Cuál promesa?
-La cajita…- Se rompió a llorar.- Me…conto…la…verdad…de ella…,- Se calmo un poco.- cuando tuve edad para entenderlo.- Deposito en la tumba esa cajita que años atrás dio problemas.- Era para ti. Los hizo para ti. ¿Tú lo sabías, verdad?
-Sí,- La cogí y mire su interior.- Se lo leí en su aura.- La cerré de golpe.- Yo no le correspondí.
-Mi hermano me dijo -Se seco las lagrimas.- que cambio su actitud en cuento te trajo a la ladea por primera vez. –Se guardo el cuchillo.- Antes de eso, estaba siempre triste.- Sonrió.- ¿Tu lo querías?
-Uno no sabe –Suspire.- cuanto quiere a alguien en cuanto lo pierdes.- Deposite una florecilla sobre la tumba.- Es mucho más doloroso, si una es inmortal.- Su rostro reflejaba duda.- No te preocupes. Él prometió volver.
-¿¡Cómo!?- Sus ojos se abrieron como platos.
-Fueron sus últimas palabras. En cierta forma te lo dijo algo parecido.- Puse mi mano en su hombro para darle animo.- Ahora me toca a mi cumplir mi promesa.- Me aleje, pero no le dije de que trataba mi promesa.- Debo irme. ¿Sabes de algún buen material para hacerme una malla?

Tenía la necesidad de crear un instintivo, objeto o prenda para recordar mi promesa. Más bien seria un símbolo de esperanza. Aun no tenía el material. Mi idea fue crear una malla de escamas de Dragón. Esto me vino al escuchar el nombre que me daban los aldeanos. Ellos me llamaban pequeño Dragón o Dragón. Mis congéneres hicieron lo mismo, como idea principal su nombre. Crearon sus propios distintivos. A la loca Serpentina no le hizo falta. En su día le colgué los cascabeles en su pequeña trenza. No se las quito jamás. Según ella, le hace parecer una serpiente de cascabel. No es cierto. Es una tonta con cascabeles. 

En mi búsqueda, los mortales no me reconocían. Me trataban como uno más de ellos. Conviví junto ellos durante largos años. Me dieron otro nombre, Cuentacuentos. Pues yo contaba cuentos a los más pequeños. Sigo haciéndolo una vez al año en la aldea cercana a su tumba. Nunca supieron quien era, ni de donde venia. No me hicieron preguntas. No existían tabernas, ni casas comunes. Lo único que tenían eran un pozo o una hoguera común. Fue allí cerca del fuego donde conté mi primer cuento. Les conté el cuento más común entre nosotros: Caperucita roja. Porque una de las invocaciones de Takashi era un gran lobo gris amigo de él y si algún día debía renacería, esto se lo recordaría. Además los niños del lugar les gusto tanto que me pidieron otro.  No se los conté pues ya era muy tarde para ellos. 

Uno de esos niños era el nieto de Takashi e hijo de su hijo mayor. Le vi un parecido a su abuelo y el típico color de cabellera era inconfundible.  Su hijo mayor había cambiado bastante. Ya era un hombre casado y con hijos. Me reconoció por la voz y se acerco esquivando a los niños. Yo en aquel entonces me escondía tras una gran capucha. No la levanto mucho. Vio mis ojos y tuvo la misma reacción que su hermano. No dijo nada. Me arrastro hacia su hogar junto a su hijo. Tenía la mesa ya preparada para la cena. Me obligo a sentarme en uno de sus taburetes de madera y se sentó en el taburete contiguo. Su mujer no estaba precisamente allí.  Así que se sintió libre para preguntar.

-¿Qué les ha pasado a tus ojos? – Cogió mis manos con preocupación.
-Mis ojos siempre han sido mortales.- No conteste exactamente a su pregunta, sino le dije la verdad sobre mí.- Todos los míos somos mortales de allí de dónde venimos.-Retire mis manos.- Nuestros sentimientos pueden afectar a nuestros poderes y al mundo. – Mi tripa crujió estrepitosamente por primera vez allí.
- ¿Tienes hambre?- Asentí con la cabeza. Este se levanto y se dirigió al fogón.- Nunca vi a un dios comer desde que apareciste la primera vez. –Sirvió el contenido de la cazuela a un plato. Me lo entrego y lo devoré.  Se rio de mi forma de comer.- ¿Por qué te ha dado  por estar entre nosotros?
-¿Mmmm? –Le hice una señal para que esperara. Trague a prisa.- Te lo he contestado antes. –Deje el plato en la mesa. Me miro extrañado intentando recordarlo.- La muerte de tu padre me afecto mucho. Lo vi morir y no me dejo ayudarle. –Aguante mis lágrimas. Debía ser fuerte.- La tristeza está en mi y anula mis poderes. No puedo regresar a mi hogar. Estando aquí se agrava más….
-¿Lo tuyo… - No se atrevía a hacer la pregunta.- no pueden….- Negué con la cabeza.- Bueno…- Dio unas palmadas sin saber que hacer.-  ¿Necesitas algo?
-En cierta forma si.-Alce los ojos.-Llevo tiempo dándole vueltas.- Suspire.- Necesito una especie de guardián- Le choco aquello.- que sepa de mi existencia y condición para los momentos difíciles como este. – Le agarro del antebrazo.- Te he elegido a ti para esta misión. Eres su hijo mayor y él lo querría. –Me puse seria.- Yo ahora estoy muerta en vida.
-¿Qué debo hacer?-  Asumió su labor como guardián.

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