sábado, 10 de diciembre de 2011

Hogar y Guerra

El hijo mayor de Takashi hizo bien su labor. Siguió con su misión. Tras mi partida. Más tarde se lo intentaría inculcar a su hijo. Pero este no se lo creía. No veía en mi un dios. No lo entendía. Hasta ese día de visita a ver qué tal iban los entrenamientos. Nada, ni habían empezado. El pobre chico se pego un susto al ver mis ojos. Retrocedió sobre sus pasos. En realidad corrió a donde su padre. Se disculpo más de mil veces por dudar. Prometió  no hacerlo más y acataría cualquier mandato. Empezó su duro y horrible entrenamiento, porque se lo tomo muy enserio las palabras de su padre. La sabiduría del guardián y su verdad se transmitió de padres a hijos. Aunque en el proceso nazca él. 

Todo mi poder regreso y con él las voces, mis poderes. Me vi bombardeada de los pensamientos de los demás dioses. La serpiente era la más pesada. La busque por aquel pequeño mundo. Solo para darle una paliza. Entre sus pensamientos había unos no aptos para sensibles y  los otros se quejaban. ¿Qué estaría haciendo? No la encontré por ningún lado. Entonces decidí tomarme un descanso. Mi intención era proseguir con mi carrera de cuentacuentos. Lo malo era mi aspecto. Los niños de entonces ya eran hombres. No podía seguir mostrándome como soy. Sospecharían. Opte por transformarme en un anciano desconocido. De esa forma no me reconocieron. Siguen sin hacerlo. Eso me consuela. Logre aumentar mi número de cuentos.

Estuve siglos entre los mortales. Los vi nacer, crecer, encontrar a su pareja ideas, tener hijos y morir, así generación tras generación. Empecé a echar de menos mi hogar y mi gente. Ya allí tendría la oportunidad de pegar a la serpentina. Pues la puñetera no vive muy lejos, unas tres horas sobrevolando el celo. Me concentre. Cerré los ojos y pensé en mi habitación. Fue el último lugar en el que estuve. Sucedió. Regrese. Me mire al espejo. Mis ojos volvieron a ser los mismos. Me tire a la cama y me quede dormida. Unos golpes en la puerta me despertaron. Los ignore. Me cubrí con la almohada. Abrieron la puerta de golpe. Algo o alguien se abalanzo sobre mí con mala leche. 

-¡Felicidades escupe fuego!- Me grito en el oído. Casi me deja sorda.
-¿Qué haces aquí?- La tire de mi territorio.
-He venido a llevarte de juerga –Movió su larga cabellera. No llevaba su trenza.- desde tan lejos y así me tratas. –Se tocaba el pandero. Había caído al suelo.- ¿Tan mal te han tratado allí?
-¿Por qué no se cayó el avión contigo dentro?- Lance la almohada a la cara por pesada. La esquivo.- ¿Cuánto ha transcurrido entre allí y aquí?
-No se.- Se rasco la cabeza.- Cuando yo fui eran las siete de la mañana.- Miro el reloj de su muñeca.- Al volver eran las ocho. Cogí el avión a las nueve.-Enumero.- Son las tres aquí –Su mirada me dio miedo.- y tú no has comido. Me lo han dicho al llegar.

Mi tripa crujió y salí corriendo de mi cuarto. Baje las escaleras de dos en dos. La serpentina iba detrás de mí. Atraque la nevera. Tania mucha hambre…

Los años pasaron. Yo crecí. La Serpiente se volvió aun más pesada. Aprendimos mucho de aquel mundo. Lo vimos cambiar. Su gente evoluciono. Las enseñanzas de mi hermano se extendieron a todos. Las guerras entre mis sobrinos pasaron a sus hijos. Cada vez eran peores. Hasta ese momento, donde las familias de ambos se unieron. Formaron la primera aldea de la historia. Vi su formación  y sus conflictos internos. Los vigilamos bien de cerca a esas nuevas aldeas. La primera gran guerra estallo. No supimos como reaccionar. También era nuestra primera vez. Aunque supiéramos de ellas a través de nuestros libros de historia.

En una de mis pequeñas incursiones me encontré con el guardián de aquella época. Le habían asignado la vigilancia de aldea durante la guerra. No querían que el enemigo llegara hasta sus hogares. Sabía quien era, pero me sorprendió curioseando por la ciudad, Konohagakure. Le extraño verme en aquellas circunstancias. Según sus ancestros, solo me aparecía en ese estado. Se lo desmentí. Pasó una vez y estaba controlado. Le tranquilice. Tenía poder para rato. Me guio a escondidas por el lugar. Quería presentarme a alguien. Él como todos los guardianes, estaban al tanto del regreso de su antepasado. No sabían con exactitud cuando. Tampoco pasaron la prueba en la aldea del inicio. Tras escuchar el relato, pasaban de largo las ruinas y su tumba. Esta no es la excepción.
Llegamos a una pequeña casa. Pues  la aldea no era muy grande. Entramos sin hacer ruido. Era acogedora. Estaba decorada con reliquias del pasado. Una oxidada azada me llamo la atención. Él se dio cuenta.

-¿Le perteneció?- Pregunto por curiosidad.
-Una vez lo fue.- Aparte la vista del objeto. Me traía amargos recuerdos.

Un niño irrumpió en la estancia y se abrazo a la pierna de mi guardián. Su mujer entro tras la incursión del pequeño en la casa. Se quedo junto a la puerta. No quería interrumpir. El pequeña le pregunto algo mientras me señalaba. Su padre no le dijo nada. Le dio un pequeño empujoncito. Solo tenía siete años y se avergonzaba a preguntar o presentarse. Se escondió. Típica reacción de los niños al conocer una nueva persona. Me puse a su altura y sonreí.

-¿Cómo te llamas? - Pego un saltito al oírme.
-Sa… Sa…-Balbuceo.- Sakumo.
-Encantada.- Me sonrió. Le faltaban las dos paletas superiores.- ¿Sabes que soy, no?- Afirmo con la cabeza.- Me guardas el secreto.
 
La guerra acabo y por fin firmaron un armisticio. Sus respetivas aldeas habían acabado en la ruina. Ahora les tocaba empezar de nuevo, desde cero. La paz no duro mucho. Los conflictos internos volvieron a florecer. Las antiguas riñas entre los descendientes de mis sobrinos, más bien de los representantes de los clanes Senju y Uchiha. Son el vivo imagen de ellos. Me mantuve alejada. No quería ser descubierta.  Su pelea era muy fuerte. Cambiaron la geografía del lugar. Una forma de otro mundo fue llamado por el Uchiha. Lo reconocí y me sintió. Se volvió en contra de los dos luchadores. Me vi obligada a acercarme sin intervenir. La bestia era mucho más peligrosa e incontrolable.

-¿Qué haces aquí? – La bestia con forma de zorro hablaba a la nada.

No le llegue a contestar porque lo sellaron. Aquel día nació el primer Jinchuriki y murió el primer Hokage. Al acabar la pelea, el Uchiha desapareció. Hubo una gran conmoción por la mala noticia.  Un nuevo Hokage ocuparía su lugar, su hermano, y otra gran guerra se aproximaba.

-0-
Sostenía a un bebe recién nacido en brazos. No paraba de sonreír ante el milagro mas maravilloso del mundo, la vida. Hacía pocos minutos, se lo habían entregado, pero con una mala noticia. Su mujer falleció al darle a luz. Fue a causa de una hemorragia interna en su útero. No pudieron hacer nada. La sangre siguió saliendo hasta quedarse sin ella. Cuando lo comunicaron, lo primero que pregunto fue por el niño. La respuesta vino en un cuco traído por una enfermera. 

Dudo en cogerlo. Parecía tan frágil. Los pequeños ojitos inteligentes del pequeño lo reconocieron. Alzo sus bracitos hacia él. Lo cogió con cuidado. Estuvo mirándolo como un tonto durante varios minutos. Al final era padre. Su labor seria cuidarle él solo, sin ayuda de su madre, hasta que este se valiera por sí mismo. Mucho trabajo se le venía encima. La carencia de una madre lo apeno. Suspiro mirando al techo. Era un intento de no ponerse a llorar por la pérdida de su querida mujer. Empezó a mecerlo. Su instinto paternal salió en ese instante. 

-Hijo mío, -Sonrió al decirlo. Esas palabras eran extrañas en su boca.- debes saber una cosa. –Se acerco a la ventana.- Allá –Señalo a un punto en el horizonte.- existen unos seres que nos protegen.- El pequeño bostezo. Él bajo la voz.- Ten en cuenta esto, los dioses parecerán inmortales ante tus ojos. No lo son. Ellos son mortales donde residen. Si ves algún día sus ojos dorados como el sol apagarse. Cuídala. Ella hará lo mismo contigo.- beso su pequeña cabecita.- Te cuidara en malos momentos. Pues compren bien nuestros sentimientos. Se bueno con ella. Si eres… - Se le hizo un nudo en la garganta. Aquella historia era muy triste para su jóvenes oídos.- Te querrá mucho.- Lo susurro.- Esto te lo cuento a ti, como tu abuelo hizo conmigo y así tus antepasados a sus hijos. Ahora eres su último guardián.
 
Una enfermera entro poco después de finalizar su discurso. Se tenía que llevar al niño al nido.  La hora de visitas había terminado. Se lo entrego. Vio como su retoño se lo llevaban. Esa misma noche no podría dormir, ni menos alejarse de él. Salió del pequeño cuarto. Necesitaba despejarse. Fue al baño a refrescarse.  Aun no había pasado por casa tras el regreso de su misión en medio de la guerra. Abrió el grifo y se mojo las manos. Se lavo la cara.  Camino con paso lento hacia la zona del nido. Se desoriento con tanta criatura. Algunos niños o niñas berreaban escandalosamente. Otros dormían plácidamente. Localizo a su dormilón a lado de una niña llorona. Aquellos gritos ensordecedores no perturbaban su primer sueño. 

-Ya lo siento.- Se disculpo alguien tras él.
-¿Está bien? –Unas lágrimas resbalaron por su mejilla.
-Sí,- Su silueta se reflejaba en el cristal. A simple vista parecía un monje.- la guie hacia la luz. Te esperara hasta que llegue tu hora.
-Gracias.- Apretó los puños.- ¿Es él?
-No sé decirte.- Se abrazo en su brazo.- Aun es muy pequeño para escuchar un cuento mío. – El brillo de una malla despertó al pequeño.- ¡Oh! ¿Cómo lo vas a llamar?
-No es un perro.- Aquella persona le golpeo suave. Se rio un poco.- Él ya tiene nombre. Se lo puso su madre cuando supo el sexo.- Guardo un poco de silencio. Sus recuerdos lo golpearon como una bofetada. Le dolió el corazón. – Su nombre es Kakashi.

No hay comentarios:

Publicar un comentario