lunes, 26 de diciembre de 2011

Tragedias y Esperanza

Existe un camino entre ambos mundos. Ningún mortal puede cruzarlo, sino las almas de los fallecidos. Lo descubrimos antes de las guerras. Por votación decidimos evitarlo. Excepto en circunstancias especiales. Aquella ocasión lo era.
La mujer se acercaba a paso lento. Estaba desorientada. Se agarraba al vientre. Le faltaba algo. Así lo sentía. Miro al frente y sonrió con una profunda tristeza.

-Ha sido niño.- Empezó a llorar mientras se abrazaba.- Mi pequeño…
-Calma. Los volverás a ver.- Intente tranquilizarla un poco.- Debes continuar el camino. ¿Vale? Te acompañare hasta el final. Luego…
-¿Los cuidaras por mi?- Me interrumpió. Estaba más tranquila.- No sabrá cuidarlo.- Me agarro del brazo.- Tampoco sabe cuidarse de sí mismo.- Se rio.- ¡Hombres! –Murmuro.- ¿Me prometes que los cuidaras?
-Bueno…- Trague saliva.- Eso ya se lo prometí a alguien. Siempre estaré vigilándolos.

Me abrazo dándome las gracias. Acto seguido, la guie por ese camino. Iba feliz y en paz consigo misma. Se despidió con una gran sonrisa.
Llegue a tiempo para ver a un bebe rechoncho y dormilón, a ti. Tu padre, Sakumo, estaba pegado al cristal del nido. Me disculpe por no llegar a tiempo, pero él lo entendió. Me lo pidió, si sucedía. Me abrace a su brazo intentando trasmitirle mi apoyo. El brillo de mi cota de malla. Te despertó. Tus ojitos grises de recién nacido se fijaron en mí. Me sorprendió. Nunca me sucedió nada parecido con los nacimientos de tu padre y tus antecesores. Siempre oculta, no percibían mi presencia, ni me miraron. Tu caso me extraño y tu padre lo pregunto. No supe que decirle. Aun no habías escuchado mi cuento. Luego le pregunte por tu nombre. Ya tenías. Tu madre te lo puso, Kakashi. No duraste ni cinco minutos despierto. Bostezaste sin dientecitos y cerastes los ojitos.
Tu madre tenía razón. Tu padre no sabía cuidarte. Le ayude desde la clandestinidad. Aprendió a marchas forzadas. En su ausencia, entre misiones y la guerra, lo hacía yo y muy pocas veces la serpiente. Se enchocho un poco contigo. Le duro poco tiempo. Algo la hizo alejarse de ti y reírse de mí para un buen largo rato. No la entendí entonces…
En tu primer año de vida, aprendiste andar. Me seguías a todos lados. Aunque no pudieras alcanzarme y tocarme. Lo intentabas. Cuando te frustrabas, te ponías a gatas y a llorar escandalosamente. Tu padre iba corriendo al escucharte. Le divertía ver tu actitud. Te cogía en brazos para calmarte y te metía en la cuna. Él sabía que yo andaba trasteando por allí.
A los dos años, tus primeras palabras eran intangibles. La palabra entendible fue hacia tu padre. Le hizo mucha ilusión. Se lo conto a todos los vecinos y compañeros. Se le caia la baba contigo. Aprendías muy rápido. Le sorprendiste mucho al encontrarte leyendo un libro. Ilusionado por tu proeza, empezó a entrenarte. Te llevaba por el camino ninja. En aquella época empezó mi verdadero trabajo.
Con tu sonrisa picara, llegaste ante mí. No traías nada bueno. Te sentientes en el suelo con las piernas cruzadas y me miraste desde abajo.

-Tengo un nombre para ti.- Anunciaste como si se te hubiera ocurrido en un instante.
-¿¡Sí!?- Me puse  de rodillas delante de ti- ¿Cómo se te ha ocurrido?
-No sé. – Te encogiste de hombros y te sonrojaste.- Algo me lo susurro – Señalaste a tu oreja.- ahí.
-¡Ah! – Sospeche de alguien.- Pues… No se lo digas a nadie. Ni tampoco en alto.- Mira hacia atrás. Aun seguía por allí esa cosa molesta.- Si lo haces, desapareceré para siempre.

Te quedaste con la boca abierta y saliste corriendo. En el fondo no querías eso que desapareciera. Leí ese nombre en tu mente. Era mi nombre real.
Te convertiste en genin y luego en chunin. En los entrenamientos con tu padre le ganabas. Entraba a casa con chichones. Tus celebraciones eran graciosas. Te pasabas horas burlándote y chinchándole.  Después te quedabas dormido por agotamiento en cualquier lugar. Una vez te quedaste dormido por agotamiento en la bañera. Tenías la cabeza apoyada en el bordillo. Poco a poco te ibas escurriendo. Tuve que cogerte, sino te ahogarías allí mismo. Fui yo quien te metió en la cama ese día. 

-Buenas noches…- Bostezaste y te abrazaste a tu peluche.

La tragedia vino  a ti muy pronto. Intente impedírselo. La presión y las habladurías acabaron con él. Su depresión fue tan grande que yo no pude hacer nada. Dejo de hacer sus misiones a encerrarse en casa. Tú le preguntabas porque no las hacía. No las contestaba, ni a mí. Vi cuando lo hizo. Se clavo la daga a la altura del abdomen y la sangre emano de él. Me miro con lágrimas en los ojos y dijo:

-¡Lo siento! –Cayo al suelo por la pérdida de sangre.- Cuídalo…

No volvió a decir nada más. Su vida había acabado. Estuve ahí de pie horas absorta en mis recuerdos. Tu entrada llamando a tu padre me trajo de vuelta. Entraste y lo buscaste como hacías siempre al llegar de la escuela. Un riachuelo de sangre que salía bajo la puerta del estudio te alarmo. Corriste para ver que sucedía. No te gusto lo que viste: Un charco de sangre y un cadáver. Lo zarandeaste mil veces, pero no volvía a la vida. Te levantaste manchado de sangre. Pegaste una patada al suelo y luego gritaste de horror. Se te escucho por toda la aldea. Saliste corriendo hacia el bosque. Ni siquiera presentiste mi presencia. El dolor te cegó.
Corriste tanto que chocaste conmigo. Ni e diste cuenda de quien era. Te abrazaste a mí y lloraste durante largas horas. Acabaste durmiéndote. Toda la aldea te buscaba. Tardaron mucho en hallarnos. Tu sensei nos encontró. Traía cara de preocupación. Saco un kunai al veme y lo lanzo. No dio en su objetivo. Pues choco contra mi barrea. Quería protegerte de que alguien te pudiera hacer algún daño físico.

-¡Dame al chico!- Tu sensei estudiaba la forma de acabar conmigo.- ¡No quiero matarte!
-No podrás.- Le dije tranquilamente y lo lance lejos con un solo movimiento de mi brazo.- Vuelve por dónde has venido. Ya lo llevare de vuelta.
-¡NO!- Se levanto enfadado.- ¡Soy su sensei! ¿Tu quien eres?
-Alguien.- en esos momentos cubría mi rostro con una capucha. La levante un poco. El brillo de mis ojos le hizo retroceder. Se mantuvo prudente.- Cuando se encuentre bien te lo llevare,…, Minato.

Seguías dormido cuanto te lleve de vuelta a la aldea. Rastree a tu sensei. Estaba en la oficina del Hokage regente, Sandaime. Hablaban de mi aparición en el bosque y unas cuantas cosas más del os demás dioses. Entre sin previo aviso ante ellos. Se sobresaltaron al sentirme tan de repente. Dejaron su conversación a medias Te entregue a tu sensei. Me aleje, porque mi intención de ese momento era regresar a casa.

-¡Espere un momento! – Interrumpió mi marcha el Sandaime. Dirigí mi atención hacia él.- ¿Siempre estuvo entre nosotros?- Afirme su cuestión con la cabeza y se levanto de su asiento.- ¿Cuál de los dioses sois?
-Aquel que es muy raro de ver –Le di la pista.- y quien lo ve es afortunado o desgraciado. Según por donde se mire.
-¡Sois el Dragón!- Descubrió mi identidad.
-¿Estáis seguro Sendaime Sama?- Tu sensei dudo.
-Si, Minato.- Rodeo su escritorio y se acerco a mí con curiosidad.- Nunca imagine encontrarme con el Dragón. Las leyendas dicen que sois hombre, pero vuestra voz es de mujer.- Se paró a un metro de distancia.- ¿Eso es verdad?
-No,- Eso fue un rumor infundado por la Serpiente.- soy mujer entre los  míos.
-¡Ahm!- Miro hacia la ventana.- Es un honor tener vuestra presencia en Konoha.- Dio una especie de bienvenida.- ¿Qué os retiene aquí?
-Una promesa – No dije de que.- y vigilando a mis parientes u otras cosas.
-Aquella otra leyenda….- Recordó alguna cosa.- ¿Rikudou Sannin es pariente vuestro?
Me encogí de hombros. No tenía intención de contarlo.
-Antes…- Era tu sensei quien hablo.- ¿Esa promesa tiene que ver con Kakashi?
-Es mi último guardián.- Esto último los dejo helados.

Tanto el Sandaime como tu sensei hicieron un traro. Ocultaron mi existencia. Procuraron darme una identidad y un lugar donde vivir, si me hacía falta. En cuestión al trabajo, eso fue complicado. Mi oficio de verdad…. Vuestra tecnología es un poco anticuada comparada con la que manejamos los dioses en nuestro mundo. Me ofrecieron ocupar eventualmente un puesto de oficina, clasificar y archivar los informes de las misiones. Así lo hice de vez en cuando.
Creciste mucho desde entonces. Te cerraste al mundo y te empeñaste en acatar las reglas ninja. Era una gran tontería. En algún momento de tu vida dejarías de creer en esas normas. A causa de esto. Intentabas metérselas a tu compañero de equipo en la cabeza. Nunca te hizo el mínimo caso. Me alegro. Él te hizo cambiar poco a poco sin que tú supieras. Otra vez sucedió, una guerra más y una tragedia. Perdiste a tu compañero y en su lecho de muerte te regalo su posesión más preciada, un objeto que algunas personas codiciarían. Lo guardaste como un tesoro.
Perdiste a mucha gente en la Tercera Guerra. Estuve observando todo ese tiempo, pues no me encontraba presente. Cambiaste mucho, pero para bien. Ahora podías manejar mejor tu técnica original. Sonreíste bajo esa tonta mascara al verme sentada encima de una rama. Paraste tu entrenamiento. Subiste a la rama. Esta crujió por tu peso.

-¿Dónde has estado?- Te pusiste nervios. Te atusaste varias veces el pelo.- Te llame mil veces.
- Estaba muy lejos de aquí.- Algo rondaba tu mente que no podía ser visualizado. – No puedo estar al cien por cien contigo. Sería raro que alguien te viera hablando solo.
-¡Bah!- Ignoraste esto último.- Quería preguntarte una cosa.- Te costo soltar la pregunta.- ¿Puedes entrar en los sueño?
-¿¡Cómo!? – No escuche bien.- No podemos.- Esa pregunta me puso nerviosa.- Escúchame Kakashi. Nunca entraríamos en los sueños de la gente porque si… No es nuestra…
-¡Ah! – Bajaste la cabeza.- Vale…
-Kakashi…-Me miraste un poco apenado.- Debo irme. Me están esperando.
-¿¡A dónde!?- Medio gritaste.- ¿Quienes te esperan? ¿Porqué…
 
No alcance escuchar tu última pregunta. Debía irme de verdad. Tenía que consultar una cosa a alguien, la Serpiente. Acabo llenándome la cabeza de pajaritos y otras cosas poco recomendables. Ya no tenía el valor de volver estar cerca de ti. Tus sueños me perturbaban. 

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