martes, 24 de enero de 2012

Sorpresas

Recogías malhumorado los trocitos de papel. Te había caído mal mi mascota. Refunfuñabas y maldecías. Pusiste los papelitos sobre tu escritorio. Intentaste arreglarlo, pero nada. Debías volver a pedir los informes para reescribirlos. Los tiraste a la papelera. No se podía hacer nada por ellos. Bufaste. Miraste a tu alrededor. Había demasiados trastos en el pequeño departamento. Te ahogabas en todo en todo ese caos. Te quedaste absorto en tus pensamientos y mirando al exterior. Sonreíste ante tu gran idea.
Cuando regrese, no estabas. ¿A dónde habías ido? Dejaste una nota: "Ahora regreso". Habías ido a consultar una cosa a Tsunade y a Yamato. Los llevaste a una zona del bosque cercana a la aldea. Les gusto el lugar y tu propuesta. De inmediato os pusisteis manos a la obra. Yamato fue obligado a trabajar como un esclavo. Te encanta torturarlo. Tardasteis pocas horas en finalizarlo.

Me tenías preocupada. Tu 'Ahora regreso' se me hizo eterno. Había anochecido. La cena más o menos estaba hecha. Yo ya me la comí y tenía el pijama puesto. Andaba de un lado a otros. Estaba nerviosa. Abriste la puerta como si nada. Traías contigo unos informes nuevos e impolutos. Olías a hierba recién cortada. Me extraño. Ni quise preguntarte.
-Lo siento.- Te disculpaste.- Fui a las termas después de recoger esto.- Guardaste los folios dentro del cajón del escritorio por seguridad.- Tengo una sorpresa para ti o para ambos.
-Yo te iba decir una cosa,- Me senté en la cama- pero te fuiste.
-Dilo tu primero.- Te bajaste la máscara. Ibas a empezar a cenar.- Lo mío puede esperar.
-¿Estás seguro?- Paraste. Estabas a punto de meterte un bocado.- Dentro de unos meses seremos uno más.

Los palillos se te escurrieron de la mano. El trozo de carne cortada a cabo en la mesa, fuera del plato. La noticia te desconcertó. Creíste haber escuchado mal o era un producto más de tu imaginación. No lo era. Te quedaste perplejo. Acto seguido te atusaste el pelo. Te habías puesto nervioso y no sabías que decir o como actuar. Te levantaste dejando la cena en la mesa. Me agarraste del brazo y salimos de casa por la puerta. Yo iba replicando por el camino, porque estaba con el pijama y la gente miraba raro. En cuanto a ti, se te olvido colocarte otra vez la máscara. Pusiste rumbo fijo a las afueras de la aldea.

-¿A dónde me llevas? – Te pregunte. No recibí respuesta por tu parte.

Nos adentramos un poco en el bosque. Desde allí todavía se podía vislumbrar las luces de la aldea. Una vez más te volví a preguntar a donde me llevabas. Me dolían los pies. Estaba descalza y embarrada. Seguías sin contestarme. Te di un tirón en el brazo. Paraste tu paso. Te volviste hacia mí y… Me llevabas en tus brazos. El sendero de tierra empezó a ensancharse. Unas pequeñas lucecillas lo iluminaban. Al poco, me bajaste y me dijiste que cerrara los ojos. Me guiaste un buen trecho. No podía aguantar la curiosidad as que abrí un poquitos ojos. Me diste un golpecito en la mano, como a los niños que se muerden los dientes. Se escuchaban susurros en la lejanía. Esas voces me resultaban familiares. Rumiaste algo esas vocecillas. Callaron al instante.

-Puedes abrir los ojos.- Los abrí poco a poco. Acostumbrando mí vista al oscuro lugar. Me quede con la boca abierta al ver la edificación.- Es nuestra.- Me abrazaste meciendo a la vez.- La casa donde criaremos a este pequeñajo.- Susurraste. Ligeramente acariciaste mi abdomen.
Me asustaste de verdad. Tocaste el timbre de nuestra casa y luego entraste por la ventana. Me hiciste mirar quien había llamado. No había nadie fuera. Corre con cerrojo. Faltaban horas para tu regreso.
-¿Quién ha llamado?- Al escuchar tu voz tras de mí, pegue un bote.

Te empezaste a reír como un tonto. Te estabas vengando por ese día. Picaste con el cuento de los gamusinos. En realidad buscaba eucaliptos. Ahora perfuman el recibidor. Seguías riéndote. Me estabas mosqueando mucho. Preferí ignorarte.

-¡Vete a la mierda!- Me marche a la habitación.- Hoy duermes en el sofá.- Te mire muy seria.- Al fin, podre estirarme bien sobre la cama.

Tu burla se esfumo. No te agrado mi castigo, porque odiabas el sofá. Siempre que dormías allí, te levantabas con dolor lumbar. Tampoco comprendías como podía yo dormirme en un lugar tan duro. Tú preferías la cama o tu maravillosa ama del patio trasero. Bufaste y marchaste a buscar tu almohada y una manta. No me replicaste como solías hacer. Me miraste con frialdad.

-¡Oye!- Te agarre del puño de la manga de la camiseta.- ¿Te has enfadado?- Puse mi voz de inocente. Te encogiste de hombros. No lo estabas.- Menos mal.- Respire tranquila. – Si no quieres dormir en el sofá, puedes quedarte en la cama.- Seguías indiferente conmigo.- Me asustaste. ¿Cuándo has vuelto?
-Hace cinco horas.- Te tensaste un poco.- Fui primero a dar mi reporte y luego a las termas.- Entrelazaste tus dedos con los míos.- Quería llegar a casa limpio para ti.
-¡Oh!- Tu actitud cambio. Sonreíste con malicia. Estabas actuando todo el rato.- ¡Eh! ¿Qué escondes?
-Nada. –Te pusiste chulito.- Te lo acabas de inventar.
-Mentiroso.- Tire de tu pelo plateado como muestra de molestia. Hiciste pucheros.- ¡Anda enséñamelo!

Suspiraste negando. No aguantabas mi insistencia cuando quería algo. Aun no te acostumbrabas a eso. Pero te encantaba. Disfrutabas con ello, porque en ese estado podías pedirme cualquier cosa. Besaste mi mano sin necesidad de bajarte la máscara. Lo único que hiciste fue quitarte la bandana y guárdatela en el bolsillo del pantalón. Abriste el parpado de tu Sharingam. Esperabas a que cayera en su influjo. Sigue sin afectarme. Me abrazaste con fuerza. Realmente estabas muy raro. No me gustaba tu actitud. Enterré mi rostro en tu pecho. Al rato sentí el frio del exterior. Nos habías teletrasportado algún lugar.

-No pienso mirar.- Cerré los ojos.- Siempre haces lo mismo. Llevas haciéndolo por lo menos un mes.
-Te lo estas inventando otra vez.- Reíste.- Además esto te va gustar.

Te hice caso. Abrí los ojos y te mire. Sonreías. Nuestro alrededor estaba iluminado por pequeñas llamas de las velas. A lo lejos se escuchaban el caer del agua, una catarata, y a los animalillos nocturnos cantar. ¿A dónde me trajiste? Me separe de ti, pero sin soltar la mano. Hacia frio y tu mano me daba calor. Estábamos en un jardín prohibido. Allí no podía entrar nadie, excepto los ninja médicos. Había plantas medicinales por todas partes. En un rincón había una especie de altar improvisado.

-¿Y eso?- Pregunte señalando al altar. Sabía el porqué de aquello.- No…
-Si.- Hiciste un gesto. Al encuentro salieron Naruto, Sakura y Tsunade.- Es por el bien –Tocaste mi barriguita incipiente.- de este pequeño. Además… Hoy es un da perfecto para hacerlo.
-¡Idiota!- Te golpee.- Eso se avisa. Mira que pinta tengo.
-¡Ejem!- Carraspeo la Godaime.- Tengo una botella de Sake esperándome y estos papeles.- Los puso encima del altar.- no se firman solos.

Fuiste a firmar tu primero. Tenías miedo de la ira de tu superior. Tiraste de mi brazo para que hiciera lo mismo. Me metías prisa. No te hice caso. Me acerque a mirar el documento. Lo leí antes de firmar. No fue así, me lo leí más de dos veces. Tsunade gruño, Naruto y Sakura se rieron por lo bajito y tú cada vez más nervioso. Firme con cuidado. No me fiaba de la letra pequeña. No tenía.

-Muy bien.- Enrollo el documento.- Felicidades.

-0-

El hombre temblaba como un flan. Las lágrimas de felicidad caían de su único ojo visible. Su sonrisa traspasaba su molesta mascara. En cualquier momento iba explotar. A gritárselo a todo el mundo, pero se contuvo. Debía mantener la calma. Ahora era n cumulo de nervios. No se sentía capaz de coger a esa cosita pequeña envuelta en una manta azul celeste. Lo observaba desde su cuco. Le hacía gorgoritos y de vez en cuando bostezaba aburrido. El bebe esperaba a que su recién estrenado papa lo cogiera en brazos. Este seguía igual. Miro a la mujer de la cama. Dormía. El parto la había agotado. Ella no le podía dar alguna indicación. Opto por probar suerte. Cogió su delicada cabecita con cuidado. Tenía mechones plateado como él. Luego el resto del cuerpo. Se lo acomodo entre sus brazos. Encajaba perfectamente. No dejaría caerse. Era su hijo, el primero, su primogénito.

-Hola… -Lo saludo. Hizo pucheritos.- ¡Eh! No llores.- Le meció.- Vas a despertar a mama.- Le alejo de la cama. Fue hacia la ventana.- Tiene muy mal carácter cuando la despiertan.- Se rio recordando.- Es mala con tu papa. Cuídate de ella. No la habas enfadar nunca.
-Mentiroso.- Dijo la mujer adormilada. Le dio la espalda y siguió durmiendo.
-Ya ves… - Suspiro pesadamente.- Me llama mentiroso. No te lo creas. Ella lo es.- Bajo mucho la voz. No quería que ella lo oyera.- Me mintió durante muchos años. Fue por una buena causa.- Se sentó en la mecedora.-Veras hijo, tu mama es un dios, mi dios…- Murmuro.- Pero…- La miro de reojo.- También es mortal como ahora, sino tu no estarías aquí.- Lo arropo bien con la manta.- Ya me encontró… ¿Qué hará cuando no este? Prométeme una cosa, hijo mío. Cuídala en mi ausencia. Ahora eres su pequeño guardián.

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