domingo, 1 de enero de 2012

Testamento y La aldea del comienzo

Encontré a la serpiente a lado de una botella de sake. Se la estaba bebiendo a morro encima de la cabeza de uno de los Kages. Se reía sin razón alguna. Eran los efectos de esa maldita bebida. Se había aficionado a ella cuando la probó por primera vez. De repente se giro y se rio más alto al verme.

-¿Qué rápido has huido?- Se levanto con aire burlón.- ¿Desde cuándo el escupe fuego tiene miedo de un adolescente?
-¿Qué dices bolso de lagarto?- Me alarme. La cogí de su cabezota y la obligue a mirar hacia la aldea.- Intenta leer los pensamientos de tus queridos adolescentes.
-¡Buff!- Bufo.- Si puedo. Además…,- Se quedo callada por un segundo.- Se que esta pensando ahora mismo tu ya no pequeño Kakashi.
-Estas mintiendo.- La pegue. Se lo merecía.- La botella habla por ti.
-No, amiga mía.- Me abrazo.- Has estado mucho tiempo entre ellos, actuando como en casa. – Miro hacia la nada.- Aun no te has dado cuenta. He visto como le miras, atontada. Tu estas…
-¿Has… estado…- La interrumpí. Mi tono de voz la asusto. Se fue alejando.- trasteando por aquí?
-¡Ups!- Se hizo la despistada y cambio de tema radicalmente.- Has sentido eso. No me gusta.
-Si…- Mire a un punto concreto del horizonte.- Debería estar muerto. ¿Qué hace aquí?

Volé hasta donde tu sensei. Ahora el recién nombrado cuarto Hokage, Yondaime. Estaba atareado con algunos asuntos. Organizaba la seguridad para ese día. Hoy iban a provocar el nacimiento de su hijo. Si todo fracasaba… Grito a dos Anbu y una gran cantidad de ninjas mas. Los echo a todos del despacho. No sabían el porqué de su tan mal humor. Estaba nervioso. Cero la puerta de golpe. Se dejo caer en la silla. Suspiro agotado. Parecía a punto de desmoronarse sobre la mesa. Entre con cuidado.

-¡Que he dicho antes!- Grito sin levantar la mirada de un reporte que tenía en las manos.- ¡FUERA!
-Yo no soy uno de tus ninjas.- Hable con tranquilidad. Levanto la vista del documento.
-Lo siento.- Se disculpo.- No era mi intención gritarle. Estoy fuera de mí. Mi mujer está a punto de dar a luz… - Hablo sin parar. Se notaba sus nervios.- ¿Sabe que mi mujer es un…
-Si – Conteste antes de finalizar su pregunta.- también a la bestia de su interior.- Fruncí un poco el ceño.- Hay alguien que lo quiere.- Esto último lo dije para mí. – Sera mejor que regrese a casa.

Una oscura aura envolvió la aldea. El caos gobernó esa noche. Los aldeanos gritaban de terror y huían a zona segura. Los ninjas de alto rango intentaban mantener a la bestia fuera de la civilización. Esa persona lo había conseguido controlarla. Mientras la serpiente y yo no movíamos un dedo. Algo nos impedía involucrarnos. No podíamos apaciguar la ira del Kyubi. Era frustrante. Nos sentamos a mirar en el tejado de un edificio. Su rugido hizo temblar el suelo. Ya no estaba frente a nosotros. Lo habían mandado lejos. Ese influjo sobre nosotras desapareció. Nos movimos muy deprisa al lugar del incidente. Llegamos tarde. Tu sensei había comenzado el ritual. El espíritu de la muerte se llevaba parte de su alma y la del Kyubi.

-¿Por qué dejáis que me hagan esto? - Gruño en nuestra mente el zorro.

Lo sello dentro de propio hijo.

Me buscaban. No sabían dónde empezar. No estaba en mi forma mortal. Normal, no quería ser encontrada. Quien me hizo llamar, fue Sandaime. Desde el incidente había transcurrido dos días. No tenía más remedio. Aparecí ante el Hokage, cuando no hubo nadie en su despacho. La espera se hizo larga. Ninjas de todos los rangos entraban y salían a su antojo de allí. Hasta cierto momento, el Hokage ordeno a gritos que nadie entrase. Me sintió cerca.

-Eres difícil de encontrar.- Saco una pipa de un cajón y la encendió.- No me extraña que el joven Hatake no pudiera.
-No me muestro tan fácilmente.- Endurecí mi voz.- Escuche vuestra llamada, pero necesitabais tiempo para reorganizaros.- La habitación se lleno de humo.- No hacía falta buscarme. ¿Para qué me necesitas?

Entonces me lo soltó. En el testamento del cuarto decía que yo sería responsable de la criatura, es decir, me nombraban la madrina. Fue decisión entre ambos Kages. No me extraño. De todos modos, tendría que cuidar al chiquillo en secreto. Me dio otra identidad mientras estuviera en mi forma mortal.

-Tu apariencia anterior…- Dudo en comentarlo.- Deberías escoger otra.
-¡Eh! ¡Ah! Lo tenía pensado.- Deje el testamento. Pues lo leí, porque no estaba seguro de lo que ponía.- Tomare mi aspecto normal.
-Muy bien.- Sonrió con la pipa en los labios.- ¿Quieres seguir empeñando el oficio que te ofrecimos?
-Me da igual.- Hecho la ceniza en el cenicero.- ¿Qué pasara cuando no este? Esta vez se va notar.
-Ya lo teníamos acordado.- Del mismo cajón saco una máscara de dragón blanca y con algunas franjas rojas y unas prendas. – Estarás en el ANBU como tapadera.- Lo cogí algo confusa.- Una cosa más. ¿No querías vigilar de cerca al joven Hatake?

Ahí estaba yo vigilando vuestra retaguardia por enésima vez. Tú ni te diste cuesta de que era yo. Aunque para ti, aquella misión era la última como ANBU. Menos mal, no estaría un tanto preocupada. Contemplabas un mapa con tus compañeros. Te habían dado órdenes de no molestarme. Para el colmo estabas un poco irritado y cansado. Terminaste de planear el siguiente ataque. Todos os fuiste a descansar. Tú hacia la primera guardia. Estaba absorto en tus pensamientos. Tiraste una ramita al fuego frustrado y te desprendiste de tu mascara de porcelana. Estabas asfixiado. Alzaste la vista para contemplar las estrellas. La melancolía se reflejaba en tu esencia.

-¿Dónde estarás?- Peguntaste a las estrellas entre susurros.

El movimiento de las ramas, te puso en alerta. Sacaste un Kunai. Salte del árbol. Gruñiste al verme. No te gustaba que estuviese. Te hacia recordarme. Me senté y acomode mi espalda en el tronco. Volviste a ponerte la máscara. Hiciste despertar a otro compañero para sustituirte. No lograste conciliar el sueño. Diste varias veces la vuelta sobre tu sitio. Me hizo gracia. Te cabreo.

-¿De qué te ríes?- Preguntaste con brusquedad.
-De ti.- Te abalanzaste sobre mí para golpearme o matarme. Me aparte de tu trayectoria. Chocaste contra el árbol.- ¡Imbécil!
-¡Idiota!- Me insultaste. Tu mascara se había roto por el golpe.- ¡Mira lo que has hecho! ¡Mi mascara está rota por mi culpa! –Despertaste a los demás con tus gritos.- ¡Ahora deberé regresar a la aldea a por otra! ¡Tú – Señalaste a uno de tus compañeros.- quedas al cargo! ¡En cuanto a ti – Te dirigías a mi.- me las vas a pagar!- Me amenazaste.
-Ve por el otro camino.- Te advertí.

Bufaste. Estabas hecho un basilisco. Tu solo te cabreaste. Yo no te hice nada. Echaste a correr. Querías llegar a la aldea para sustituir tu destrozada mascara. Tu propósito era acabar la misión con éxito. Como yo te dije, te desviaste del camino. Estabas preparado. Mi triste cuento esperaba. Llegaste al atardecer del día siguiente.

La aldea del comienzo te pareció tranquila y acogedora. Optaste por descansar allí. Pues las palabras de un viejo cuenta cuentos atrajo tu atención. No te acercaste. Escuchabas bien desde lo alto de un árbol. Te quedaste anclado en la historia de un pasado olvidado, el tuyo. Me di cuenta en ese instante. Eres tú… Te internabas en lo más profundo del bosque. Un antiguo recuerdo te guiaba a su –tu- tumba. Seguías sin notarlo. Yo estaba allí, junto a ti. Nunca te deje solo. Ya no podía cuidarte como antaño. Habías crecido mucho para que te vieran hablar solo. Aun así lo hacías. Hablabas con los tuyos y rezabas por mi regreso. Mi luz te dejo helado. Observaste lo que hacía allí. Te sentí. Te hable en clave, pero no me reconociste. Ocultaba mi apariencia tras una capucha. Deposite en aquella piedra una flor. Lo hacia todos los años por esas fechas. Desaparecí ante tus ojos. Me dolía estar allí. Por mucho que quisiera irme, no podía. Debía ver tu reacción. Te quedaste perplejo al leer el nombre de la tumba. Descubriste el inicio de tu familia.

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