sábado, 5 de mayo de 2012

El pequeño guardián y Otro

Sus ojitos parpadeantes no querían cerrarse. Bostezo. Las figuritas danzarinas y la nana mal tarareada de su padre, tu, le adormilaba. Estabas junto a la cuna sentado en la mecedora. El vaivén también te adormecía. Llevabas dos horas intentando dormir al pequeño. Si te alejabas un milímetro de él, se ponía a llorar escandalosamente.- Esto te lo llevaba haciendo por lo menos un mes entero. Lo soportabas bien. Te encantaba hacer de niñero. Ahora que era tan mono y fácil de manejar. Esta actitud cambiaria con los años.
Conseguiste dormirlo. Un logro más del día. Al final podías ir a la cama a leer un poco. Dejaste la puerta semi abierta. Pesadamente te dirigiste a nuestro cuarto. Solo eran dos pasos y te lo tomaste como el fin del mundo. Estabas reventado. Te derrumbaste ante la cama. Tus músculos no obedecían. Terminaste dormido con la ropa puesta. 
 Yo ni siquiera me di cuenta. Pues llevaba horas soñando. Mi mente me enseñaba lo sucedido aquella tarde de hace diez meses. Naruto entro hecho un torbellino de emociones. A causa de su llegada me despertó. Tú no le prestabas atención hasta que soltó la preguntita. Te incomodo tal cosa. Yo me moría de la risa por dentro. Corte la tensión del ambiente con otra pregunta. Tenía la edad suficiente para esa charla. Te recrimine por no dársela y me marche. No antes advertirle de un asunto. Luego a saber que le contaste. Después mi mente me llevo por caminos llenos de incoherencias. Entre ellos surgió un llanto de un niño. Nuestro niño se despertó y nos despertó.

-Voy yo.- Gruñiste adormilado.- Sigue durmiendo.- Te levantaste.
No tardaste mucho. Fue sentirte cerca, el pequeño, y volverse a dormir. Te echaste en la cama. Esta vez con el pijama puesto. Te abrazaste a mí.
-Te ríes en sueños.- Susurraste con voz ronca.- ¿Qué soñabas?
-No lo recuerdo.- Te conteste y bostece.- Tú roncas.
-Eso no es verdad.- Te dormías.- Yo no ronco.
-Es porque no te has escuchado.- Fue lo último que te dije.

No duro mucho. Volvió a despertarnos. Refunfuñaste. Te pasaste toda la noche levantándote a calmar al pequeño. Pero el sol salo y no pudiste levantarte más. Te ocultaste bajo las sabanas. Te deje dormir toda la mañana. Pues ese día no tenías misión. Parecías un ogro al levantarte. Asustarías a cualquiera. Más aun, preparando ese maldito bocadillo que dio tanto quebraderos de cabeza. Reías maliciosamente al recordar ese día. Se te escuchaba desde el cuarto del niño. Preferí no pasar por la cocina. Insistirías en que me lo comiera. Su aspecto me sigue pareciendo asqueroso.
Recogía los juguetes esparcidos por todo el suelo de la habitación, pasillo, salón, cuarto de baño y un sin fin de lugares, en general por toda la casa. Solo os había dejado una hora y al regresar me encontré con el desastre. Ni un minuto me dejabais para descansar: Hacer el desayuno, llevar al monstruo al colegio, limpiar la casa, hacer la comida, lavar tus calzones sucios, guardar los libritos no aptos para enanos en su lugar y tus juguetes, hacer la compra, ordenar la nevera, recoger al monstruito, daros de comer, obligaros a echaros la siesta, ayudarle con sus deberes, bañarle y bañarme, daros de cenar, arroparle a la hora de dormir, atender tus necesidades y otras obligaciones. Acabo muy agotada todos los días. Cada vez me daba más ganas de largarme y dejarte unas buenas instrucciones. Haría huelga de brazos caídos en cuanto os viera a los dos. Sois tal para cual. ¡Como os parecéis! Tire los juguetes en el baúl. Cansada os busque por todos lados. No os encontré. Estaríais haciendo una de las vuestras travesuras. Resople fastidiada. Me percate que todas las puertas de las habitaciones estaban abiertas. Mi manía salió a la luz. Las fui cerrando una a una. Solo eran cuatro puertas correderas. Llegue a la quinta. No grite por milagro. Mis mejores sabanas estaban colgadas haciendo una especie de fuerte en el estudio. Te maldije por dentro. Tampoco quería que el enano aprendiese esa clase de palabras. Me mordí la lengua.  Me agache y gatee hasta el interior del fuerte. Era grande, pero bajita de techo. Encontré todos los cojines de la cama ahí dentro. Vuestras dos matas de pelo plateado se confundían con los cojines. El pequeño te observaba como leías. Fruncí el ceño. 

-¿Qué haces leyendo eso al niño?- Interrumpo la escena padre e hijo.- Te lo prohibí.
-¡¡Mami!!- Grito al verme y se abrazo a mí.
-¿Yo?- Te señalaste mientras cerraba el libro.- Si yo no le he leído esto. Se quedo dormido hace horas.
-¡Mentira!- Grito con voz chillona casi hiriente.- Mami,- Me tiro de la manga.- papi no me estaba vigilando. Se había escondido aquí y leía en voz alta.- Se puso de moros.-  Le dije una cosa y no me contesto.

Te rascaste la nuca confusa.

-¿Qué cosa? No te escuche.- Guardaste el libro en uno de los bolsillos del pantalón.
-Ya nada.- Se cruzo de brazos.- Eres un mal papi.- Se dio la vuelta y se fue pisando fuerte. Se había molestado contigo.

Te quedaste a cuadros. ¿Tu un mal padre? Nunca te habías puesto a pensarlo. Me miraste buscando alguna palabra de consuelo. Negué con la cabeza. En cierta forma el pequeñajo tenía razón. No te preocupabas mucho en cuidarlo lo suficiente, ahora. Te escaqueabas  de vez en cuando a esconderte a leerte ese librejo. Suspire y me acerque hacia ti. Me senté a tu lado derecho. Te eche una sonrisa que daba miedo. Te iba recriminar tu actitud de pasota y a darte una lección. Puse la mano en puño y te golpee en el hombro muy fuerte.

-¡Au!- Te quejaste dolorido.- ¿Por qué me pegas? ¿Qué hice?
-Tú sabrás.- Volví a pegarte. Esa te la di de regalo.- Eres responsable para lo que te conviene.
-¡¡MAMIIIIII!!- Vocifero desde el otro lado de la casa el pequeñajo.- ¿Puedo ir a jugar con Naruto onii chan?
-Sí, pero vuelve pronto.-  te agarre del brazo.- ¿Vas a venir a dar unos besitos a mama y a papi?
-¡Nooo!- Se negó a ir despedirse.- Papi es tonto. Adiós.

Yo me reí porque siempre hacia lo mismo al enfadarse contigo. Estabas de brazos cruzados con la vista fijada en algún punto de las sabanas. Parecías absorto en tus pensamientos. No era así. En tu cabeza se estaba formando un plan de venganza o no. Te mire con curiosidad y me acerque más. Me pegue como una lapa a ti. No te estabas ni dando cuenta. Te robe la cartera a despiste. La cotillee mientras tú estabas en trance o disimulando muy bien. Te cogí el dinero y lo confisque. Me lo guarde en el bolsillo trasero del pantalón. Vi varias fotos del enano, pero ninguna mía. La cerré y la volví a dejar en su sitio. Me acurruque bien entre los cojines. Era como el lugar. La que más me hacia rabiar era que las sabanas eran nuevas. Las compre el día anterior. Me habían costado un ojo de la cara. Bostece y me quede un poco adormilada.

-¿Por qué no tenemos otros? -Saliste de tu trance. Yo me quede blanca.
-¿¡Cómo!?- no escuche bien.- ¿Otro qué?
-Otro.- Me miraste a los ojos.- Ya sabes otro.
-No lo entiendo.- quite los cojines molestos- ¿Qué quieres decir?
-Pues otro.- Hacías señas entre sugerentes y raras- ¿Me entiendes?
-No,- Interpuse un cojín entre no nosotros. Capte algo que no me gusto mucho.- porque sigo sin entenderte y parece un acertijo.
-Ahora la tonta eres tú.- Te reíste un poco y acariciaste mi pelo. Extendiste el brazo tras de mí.
-¿Qué haces?- Me aferre a uno de tantos cojines.- No iras…
-No.- Sonreíste divertido.- este dinero es mío. – Me enseñaste el fajo de billetes robado.- No debiste quitármelo.
-¡Imbécil!-Te golpee varias veces con el cojín.- Me marcho hacer la cena.- Me puse en posición de gateo.- Recoge todo esto y me debes unas sabanas nuevas.
-Vale señora.- Me diste un cachete en el trasero y escondiste la mano.- Te hiciste daño.
-¡Imbécil!- Te lo volví a llamar y con razón.

Salí del fuerte y derrumbe la entrada. Para ver cómo te las arreglabas a la hora de salir. Aunque no quería saber cómo lo ibas hacer. Me dirigí a la cocina. Había dejado la compra encima de la encimera. Me doble las mangas de la blusa y me puse el delantal. Coloque la compra en su respectivo lugar. Pique tomates, cebollas y pimientos. Lo eche a la olla y encendí el fuego. Cuando el contenido empezó a hervir. Eche la carne. Mientras pelaba las patatas. Tú habías terminado de recoger el desastre. Te habías quedado estancado en la puerta de la cocina. Estabas oliendo el delicioso guiso o riéndote del delantal. Lo eligió el niño y tú lo compraste. Era su regalo del día de la madre. 

-No te quedes ahí parado.- Sentí tu presencia.- Pon la mesa.- Te ordene sin girarme. Eche las patatas cortadas al puchero.- El enano llegara en cualquier momento

Unos pequeños pasos se escucharon hasta allí. Lo evidente se hizo realidad. El niño apareció justo al finalizar, yo, la frase. Su pequeña barriguita gruñía. Traía las manos manchadas de barro al igual que la ropa. No se atrevía a pasar. Temía mi ira, porque tu le habías contado historias raras sobre mi carácter. Pero quien se enfada más eras tú. Pues jugaba con tu armas ninja. El otro día jugó con unos Kunais. Entro a la cocina dejando huellas en el suelo. Ambos disimulábamos no darnos cuenta de su presencia. Se rio con malicia, escondido bajo la mesa.

-El ratoncillo de debajo de la mesa.- Le asuste.- Vete a bañarte ahora mismo.- Vigilaba el guiso.- El agua debe estar calentita.
-¡Vale!- Salió de debajo de la mesa y te saco la lengua.- Iré a por el patito.

El chiquillo corrió algún lado del hogar. Tú gruñiste. Habías terminado de poner la mesa y no tenias nada que hacer.

-¿Por qué no dejas a Takashi bañarse solo?- Me preguntaste en tono meloso.- Yo quiero bañarme contigo. – Me abrazaste desde atrás por la altura de la cintura.- Además el niño es mayorcito. Dentro de poco tendrá cinco años. Yo a su e…
-Tú a su edad, ¿Qué?- Te interrumpí. Conocía tu intenciones- ¡Sabias lavarte solo!- Deje la cuchara en la encimera.- ¡Que hacías tus deberes en un segundo! No me vengas con ese cuentecillo, pelma. – Apague el fuego.
-Pero si el niño salió a mí. – Te enorgulleciste al decirlo- Él solito se las puede apañar solito en el baño.- Me besaste tras la oreja.
-¡Ja!- me solté de tu abrazo. -¿Tu nunca has sido pequeño?

Tu único ojo visible se te quedo bien abierto. Un niño solo en una bañera podía ser muy peligroso que un enemigo de rango S. Tardaste en reaccionar. Yo me marche y me seguiste. Abrí la puerta del baño. El suelo, las ventanas, en general todo el cuarto de baño, estaba lleno de agua. Te llevaste las manos a la cabeza.

-Te lo dije.-  Lo dije con razón.

Se te había olvidado que al monstruito no se le podía dejar solo en la bañera. Estaba jugando con su patito de goma. 

-¡Mami!- Grito entre la espuma.- ¿Me lavas el pelo - Sonrió sin sus dos paletillas superiores.- con el champú que no pica?
-Hoy no,- Me aleje un poco de la puerta.- papa se bañara contigo.
-¡NOOO!- Se quejo y te lanzo el patito. Lo cogiste al vuelo.- Papi me lava con el champú que pica y frota fuerte.- Chapoteo en el agua.- ¡No quiero!- Se enfurruño. Me había marchado.- ¡MAMI!

Se tuvo que resignar a bañarse contigo. No te hablo. Tú cumpliste tu castigo no dicho. Cerraste la puerta del baño. Te desvestiste  y dejaste la ropa ene l cesto. Cogiste el champú, el único que había. Te metiste a la bañera con la criatura. Le lavaste el pelo a regañadientes. Tardasteis cuarentaicinco minutos en bañaros. El renacuajo no quería secarse. Correteaba por todos lados. Sus pasos eran torpes y se resbalaba. Alcanzaste atraparlo. Le obligaste a secarse y a ponerse la ropa limpia, el pijama.  Huyo en cuanto abriste la puerta. Tú tenías la ropa en la habitación. No te la había sacado del armario. Tan solo estaba la mía sobre la cama, incluido la ropa interior.  Te salió el pervertido que llevas dentro al ver el conjunto de braguita y sujetador de encaje color verde jade. Las oliste y te imaginaste el modo de quitarme esas prendas. Te reíste de forma extraña y al rato te dio un escalofrió. Miraste hacia atrás. No había nadie, pero por si acaso lo dejaste donde estaba. Te vi cuando hacías eso. Te colocaste la ropa limpia y fuiste a la cocina.
Tu guiso estaba cenando el guiso. Su plato ya estaba servido. Te sentaste en tu lugar en la mesa. Esperaste un poco. Tu plato ardía como el demonio. Soplaste un poquito antes de empezar a comer. Te olvidase de nosotros, de mí y de tu hijo. Nosotros habíamos cenado, por los platos depositados en el fregadero. Te tocaba fregar. Resoplaste. Tu tripa ya estaba llena y tenias algo de sueño. Te daba cierta pereza fregar, peros sino lo hacías, serias mañana. Los fregaste y limpiaste la cocina de paso. Así ganabas puntos extras en tu odisea. Más bien intento de conseguir una cosa. Hacía más de cuatro semanas que no hacíamos nada divertido. Siempre me encontrabas dormida o contándole cuento al pequeño ocupa. Debías reconocerlo. Lo tenías envidia. Todo el día conmigo y tú solo por las noches.
Entraste al cuarto sin hacer ruido. Encendiste la lámpara de la mesilla y te tumbaste a leer un poco tu libro. El sueño te alcanzo a las dos de la mañana. Te acurrucaste lo más que pudiste. Me besase a la altura de la nuca para incitar el juego.

-¿Qué quieres?- Pregunte adormilada.
-¡Tengamos otros!- Imitaste la insistencia del niño.
-¿Otro qué?- Bostece.- Va la segunda vez que lo dices y no el que.
-¡Jo!- Proseguiste con el tono infantil.- ¡Vengaa!- Me pellizcaste.- Sera divertido.
-¡Que no!- te arree un codazo en el estomago.- ¡Duérmete ya! ¡Pesado!
-¿Por quee? – Susurraste.- Llevamos dos...- Besuqueaste mi cuello.
-No sigas. – Me hacías cosquillas, tanto con los besos y el sobeteo bajo el pijama.- ¿Llevas tú mañana al niño al médico?

Esa pregunta te corto el tema. Ir al médico te daba escalofríos. Te alejaste medio asustado y diste la vuelta pensativo. Lo habías estado pensando durante horas e incluso días. Veías al niño solo y aburrido como a ti a su edad. Te preocupaba  que se volviera un solitario y raro. El otro día le encontraste leyendo una pila de libros, un domingo. En ese momento te entro una chispita dentro del cuerpo, la de la paternidad por segunda vez. Esta vez con previo aviso y planificado, pero yo no lo captaba o si. Mis poderes seguían ahí y te lo leí en el aura. Solamente me hacia la tonta. Diste varias vueltas inquieto. No podías dormir. Te abrazaste a mí. Con el olor de mi pelo lograste dormir.
Las primeras luces del día se filtraban a través de las cortinas. Un ser pequeño salto a la cama y te piso en tus partes. Un bonito despertar. Abriste los ojos de golpe. Aguantaste el dolor sin quejarte. Te dolía mucho. Se te reflejaba en el rosto. Quien ocasiono ese despertar fue tu hijo. Era su venganza. Te saco la lengua. Llevaba consigo su peluche, un perrito pequeño.

-¡MAMI! ¡MAMI!- Me zarandeaba del hombro y a la vez te empujaba.- ¡Se le ha roto la oreja!- Gritaba medio llorando.- ¡Arréglamelo!
-Pídeselo a tu padre.- Me oculte bajo la sabana.- Déjame dormir un poquito más.
-¡No quiero!- Refunfuñe. Te miro con morritos y los ojitos achicados.- No sabrá cómo arreglarlo.
-¡Oye! No me hables así, soy tu padre.- Te quejaste. Tenías la voz ronca por las mañanas y te salió algún gallo.- Trae esa cosa.- cogiste el peluche y lo examinaste. La orejita del muñeco estaba descosida.- Solo hay que coserlo.
-¡Tú no sabes coser!- Intento recuperar a su amigo.- ¡Mami si sabe!
-Eso ya lo veremos. – Abriste el cajón de la mesilla y sacaste un pequeño costurero. De allí cogiste un hilo parecido al del peluche e hilaste la aguja. En poco tiempo dejo como nuevo al perrito.- ¡Toma! Regresa a la cama. Aun es pronto para levantarse.

El niño se quedo con la boca abierta y abrazo primero a su peluche y después a ti.

-¡Gracias!- Salto sobre ti al suelo. Desapareció de vuelta a su cuarto. 

Guardaste todos los utensilios de coser y te recostaste otra vez. Como había dicho antes, quedaban unas horas para seguir durmiendo. No pudiste regresar a tu hermoso sueño. Diste demasiados vueltas. No encontrabas la postura adecuada. Tuve que pararte. No parabas quieto. Te arrastre bajo las sabanas y te abrace. Aprovechaste a toquetearme. Era una especie de ritual matutina tuya. Lo disfrutaste por un buen rato.

-No sigas por ese camino.- Te amenace.
-¿Por qué?- Imitaste la voz del chiquillo.- Yo quiero Jugar.- Me hiciste cosquillas.- ¿Tengamos otro?
-¿Otro qué?-Te mire a los ojos.- Sigo sin entenderlo, pero si es lo que creo. Espera unos meses.

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