lunes, 2 de julio de 2012

Genealogía y Marcha

Genealogía y Marcha

Te lo oculte. El día de mi partida estaba cerca. Lo sentí en el último trimestre de embarazo. Las voces regresaron tras tenerlas apartadas de mi. La llamada era intermitente. Me llamaban desde mi mundo. Entrenabas con el enano. Paraste al verme un poco pálida. Lo mandaste a jugar dentro de casa. Se fue feliz. No le divertía entrenar. Te acercaste preocupado. Besaste mi mejilla y acariciaste con ternura la barriga. Te aparte. Tu olor a sudor me producía nauseas.

-¿Te encuentras bien?- Te sentaste a mi lado.- Tus ojos han….
-No ha sido nada.- Me agarre a tu brazo.- Ayúdame a levantarme. Necesito ir al baño.
-¿Seguro que no te pasa nada?- Me ayudaste a levantarme y acompañaste al baño.
-Sí, pesado.- Clave mis uñas en tu brazo.- Espera…
-¿Qué sucede ahora?- Estabas a punto de ponerte histérico.- Me haces daño.
-Llévame al hospital.- Me dolía. Comencé a tener contracciones.- Quiere nacer hoy

No te dejaron entrar. Te obligaron a quedarte fuera cuidando del enano. Estabas más nervioso que él. Te daba la tabarra a preguntas. No se las contestabas. Le agarraste del cuello de la camiseta y lo alzaste. Le obligaste a sentarse y a mantenerse callado. Se puso de morro y con los brazos cruzados durante horas. Se había enfadado contigo por cuarta vez en la semana. Le oías refunfuñar. Una enfermera salió. Esta te hizo señas. Podíais entrar a verla. Lo cogiste en brazos. Pataleo. No quería ir. Se canso muy rápido. Pues no puso salirse con la suya. Entrasteis en silencio.

Sostenía una cosita preciosa en brazos. No sabias el seño del bebe. Tenía los ojitos cerrados. Los abrió al sentiros a los dos. Bostezo. Nuestro pequeño Takashi se avergonzó. Escondió la cabeza en tu hombro. Te reíste con su reacción. Tú estabas igual de nervioso cuando él nació.

-Mira.- Os señale con el dedo.- Ese de ahí que se esconde, es tu hermano mayor- Al ser nombrado se asomo.- y el otro más grande, es tu papa.- baje la voz.- Les puedes chinchar y pegar.
-¡Eh!- Os quejasteis los dos.
-No hagas caso.- Seguiste tu.- Mama es mala. ¿A que si, Takashi?
-¡No!- Te pego.- ¡Tu eres el malo!- Te señalo.- ¡Quiero ir con mama!

Por los gritos, os echaron de la habitación. El monstruito empezaba a tener celos del nuevo miembro de la familia. Solo quería estar conmigo. Tu también. Los dos iguales de celosos. Me seguíais por toda la casa. Buscabais mi atención. Entre los dos os piabais y competíais para conseguirlo. Ganaba siempre el enano. Te sacaba la lengua burlándose de ti. Tú te quedabas con tu princesita. Te embelesabas con ella en brazos. Se te caía la baba. Había sacad de tu los ojos. Lo demás ya lo irías descubriendo con el tiempo. La llamaste Akiko.

Un buen día os encontré a los tres dormidos. Estabais tumbados en nuestra cama. Tampoco querías despertaros. Era una escena muy tierna. Pero la pequeña empezó hacer pucheros. Estaba a punto de echarse a llorar. La meciste automáticamente dormido. Abriste los ojos. No lo estabas. Te despertaste en cuanto me sentiste.  Me tumbe a vuestro lado. El niño estaba a tu derecha con la cabeza apoyada en tu abdomen y la peque en tu regazo. Me acomode a vuestra posición y te bese en modo de saludo.

-No quería echarse la siesta.- Entendía a quien te referías.- Me vi obligado.
-No importa.- Empezabas acostumbrarte a tu futuro.- Voy hacer la cena. Se despertara con hambre.- Me levante.
-¡Oye!- Me quede a mitad de camino.- Pon arroz. Ha estado toda la tarde gritando que quería cenar eso.
-Vale,- Sonreí.- pero si tú los bañas.

El niño se levantando gritando arroz. Lo perdiste de vista muy rápido. Desapareció por el pasillo. La pequeña tironeaba de tu mascara. Se había agarrado a la dichosa tela. Se divertía, porque la encantaban tus bufidos. La dejaste en su cuna y se volvió a quedar dormida. Tú fuiste a buscar al monstruito. No lo encontraste. Estaba conmigo escondido debajo de la mesa. Se reía de ti por no encontrarlo. Se comía un trozo de manzana. Te la tiro cuando entraste y se subió a la silla. Te hizo burla. Luego, se lleno la boca con una buena cucharadita de arroz. Tenía los papos hinchados. Quien se rio esta vez, fuiste tú. Se mosqueo contigo y te lanzo el plato de arroz. Montasteis una guerra campal en la cocina. Os arree una buena azotaina a los dos. Habíais ensuciado todo. Hasta había arroz en el techo. Me enfade bien y os deje ahí limpiando. No iba aguantar más gamberradas vuestras. Me marche a dar una vuelta. 

Te asustaste al no encontrarme. Pensaste en lo peor, en mi marcha definitiva. Obligaste a Yamato a cuidar a los críos. Me buscaste como loco. Te encontraste con la serpiente. La gritaste, más bien la preguntaste por mi paradero. Ni ella supo contestarte. No lograba localizarme. Nunca lo consiguió. Se como ocultarme. Aprendí a marchas forzadas para esconderme de la pesada. Ya no sabias por donde mirar. Tampoco lograste encontrarme en otras ocasiones. Se te saltaban las lágrimas de la rabia que tenias dentro. Te dejaste guiar por el instinto. En varias ocasiones te funciono ese método. Me encontraste en un curioso lugar, en un templo antiguo.

Te quedaste sin habla. En las paredes del lugar sagrado había nombres escritos. Para ti eran extraños. Esa clase de nombres nunca los habías escuchado, ni menos leído. Parecían formar un gran árbol.

-¿Qué son?- Te situaste a mi lado.
-Nombres,- Toque cada uno de los nombres hasta alcanzar el último. Tuve que agacharme.- herencia, familia…- Te señale el ultimo.- ¿Te suena?
-Eso es…- No lo nombraste.- ¿Qué hace esto aquí?
-Recordarme el lugar de donde procedo.- Te mire de reojo. Estabas preocupado.
-¿Cuándo?- Tu voz se endureció.- ¿Qué pasara con los niños?
- Pronto…- Entrelazamos las manos.- Sabrás como cuidarlos.
 
Estuvimos allí mucho tiempo. Tú memorizabas cada nombre. Querías recordarlos, por si algún día ibas a mi mundo. De repente, entro mi primo. Soltaste mi mano sobresaltado. Nunca llegaste a imaginar que otro dios supiera la existencia de ese lugar. Le viste escribir otros nombres en ese gran árbol, primos segundos nuestros. Luego te fijaste en la pared contigua. Más nombres. Los reconociste, desde Rikudou hasta la de dos de tus alumnos. Me preguntaste por ello. Quien te contesto, fui mi primo. Seguía poniendo nombres en otra pared, los nombres de los guardianes y sus descendientes, incluido el tuyo. 

Los días siguientes fueron raros. Estabas distante, frio y malhumorado. Casi ni me hablabas. Solamente me dirigías alguna palabra en las comidas. Te levantabas pronto y acostabas tarde. Entrenabas durante horas solo o con el niño. Dejaste de leer tu libro. La gente de tu alrededor noto ese cambio. Estaban preocupados por ti y yo también. Algo te preocupaba. ¿En qué estarías pensando? Esa actitud extraña se te paso al cabo de unos meses. Volviste a ser el mismo, más pesado que antes. Aunque no dejaste el entrenamiento con el enano. Takashi entonces tenía siete años y tu princesita dos. Te tenía loco. Correteaba por toda la casa para fastidiarte. Salió inquieta y trasto. Te rompió varias veces las mascaras. En cuanto al otro, era un tu de tamaño pequeño. Te había superado y esto te enorgulleció.  Le dejaste el cuidado y entrenamiento a Naruto. Te reías de sus preocupaciones cuando te las contaba. A ti te sucedió algo parecido con ellos. 

Ese momento llego. La niña estaba echándose la siesta y el niño estaba conmigo. Hacíamos madalenas. Se había embadurnado con la harina. Pues se le caído la bolsa. Menos mal que siempre compraba alguna más. Le deje batiendo la masa. Yo me quede un poco absorta en mis cosas. Atendía a las voces y quejas de los dioses. Partí sin querer una cuchara de madera. La serpentina estaba haciendo una de las suyas. Un tironcito en el delantal me trajo de vuelta. Lo mire y se asusto. Se asusto tanto al ver mis ojos, que corrió llamándote a gritos. Todavía no se lo habías contado. Por eso iba a donde ti. Pero llegaste tú corriendo al oírle. Me abrazaste con fuerza hasta dejarme sin aire.

-No te marches.-Susurrabas. No querías que los niños te escucharan.- No…
-Me prometiste no montar una escenita. – Casi ni me salía la voz.- Lo harás bien.- Mi cuerpo empezó a desaparecer. La llamada de mi mundo era muy potente.- Adiós…

-0-

Abrió la puerta sin hacer ruido. Lo encontró ahí, tendido sobre la cama junto a la ventana. Tenía los ojos cerrados. Se acerco hacia él. Suspiro tranquila. Estaba bien por el momento. No quiso despertarlo. Espero. Observo su alrededor. Sonrió al ver cierto objeto en la mesa. Aquella persona seguía conservándolo como un tesoro. Lo cogió por curiosidad y ojeo su interior. Entre las hojas encontró una vieja foto. Había perdido color a lo largo de los años. Mostraba una joven pareja. Una lagrima resbalo por su mejilla. 

-Has vuelto.- Su voz la sorprendió. Era muy débil.- ¿Vienes a buscarme?
-,- Dejo el objeto de donde lo encontró y se limpio las lágrimas.- pero no ahora.
-Bueno…- La cogió de la mano.- No me gusta este lugar.
-Nunca te gusto.- Su voz se tiñó de dolor.- ¿Qué tal los niños?- Pregunto desviando el tema.

-Ya no son niños- Intento incorporarse un poco. No lo consiguió.- y lo sabes. Los has cuidado sin que ellos se dieran cuenta, ¿Verdad?- No obtuvo respuesta.- ¿Me vas a llevar a tu mundo al fin? – Sus ojos volvieron a la vida por un instante. Tampoco se la contesto.- ¿Te puedo pedir una cosa, por última vez?
-¿Cuál?- Aguanto el llanto.
-Un beso, -Apretó su mano.- los echo de menos. ¿Sera el último?
-Nunca se sabe.- Se inclino sobre él. Una prenda oculta tintineo.- Sera el ultimo de aquí.- Un brillo de esperanza ilumino  por poco tiempo los marchitos ojos de él.- Luego te tocara a ti buscarme. 

Llegaron a tiempo. La enfermera de turno les había dicho que su padre seguía vivo, pero le quedaban pocas horas. Uno de ellos había regresado de una larga misión, era el mayor. El otro estuvo todo el día estudiando y entrenando para pasar un examen, era la pequeña. Ambos eran hermano e hijos del hombre moribundo.
La pequeña abrió un poco la puerta. No le gusto lo que vio. Paralizara apretó los puños. Quiso entrar, pero su hermano se lo impidió. Le negó el gusto. Le hizo una señal para que no hablase y observara.

-¿Quién es esa mujer?- Pregunto enfadada.- ¿Por qué esta besando a papa? No será esa clase de mujer. Esa puta –Insulto.- quiere el dinero de papa. La voy a….
-Baja el volumen hermanita.- La alejo de la puerta. La conocía muy bien.- Esa mujer es…- Dudo un poco en confesar la verdad.- mama.

La noticia la sorprendió. Su rostro se ilumino. Por fin, podría conocer a su madre. Su padre le conto el gran secreto familiar al comiendo de su grave enfermedad. La hacía tanta ilusión. No puso ser. En cuanto entro, ella desapareció y su padre murió. Cayó de rodillas y se echo a llorar. Las dos personas que tanto quería ya no pertenecían a su mundo.

-Hermanita, -La llamo su hermano.- volverás a ver a mama.
-A papa no…- Se oculto tras sus manos.
-Papa es feliz ahora.- Ella lo miro confusa.- Estará con mama para siempre.

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