domingo, 16 de septiembre de 2012

Despertar e Infancia

Despertar e Infancia


Su consciencia despertó al cumplir tres años. Fue la primera vez en darse cuenta que sucedía a su alrededor. Estaba en una tienda junto a su madre. Hoy le dejaban escoger su regalo de cumpleaños. No sabía que elegir entre tanto juguete. Ninguno le gustaba. Miro a su madre haciendo pucheros. Quería irse. Ella no le prestó atención. Le señalo los peluches de un estante. Se asqueo al verlos. Eran todos para niñas: Ositos, conejos, unicornios, elefantes, leones, ranas y más. Pero hubo uno de todos ellos que le gusto. Tironeo de su falda, porque ya lo había elegido. Nada. Su madre estaba hablando con la vecina. No le gustaba. Su sonrisa y ojos le daban miedo. Se escondió tras ella y se agarro a su falda. La vecina rio al ver su reacción disimuladamente. Interrumpió su conversación despidiéndose de la vecina
-¿Qué te pasa mi niño?- Pregunto su madre. Él señalo el juguete con una sonrisa. -¡Ah! Ya has elegido. – Le dio una palmadita.-  Anda ve a cogerlo. Yo te espero aquí.

Fue corriendo a cogerlo. Era el último que quedaba, ahí, solo, en el estante. Lo abrazo en cuanto lo sostuvo en sus brazos. No lo iba soltar jamás, solamente al ahora de pagar. Antes le puso nombre. Así definitivamente seria suyo. Regreso a donde su madre. Le estaba esperando en la caja. Lo cogió en brazos. Se lo enseño y luego lo entrego al dependiente. Le miro mal. Su madre pago y lo volvió a recuperar.

-Ya tenemos tu regalo.- lo dejo en el suelo.- Ahora, - Le tendió la mano.- regresemos a casa a enseñárselo a papa.

Correteo por toda la casa con su nuevo amigo. Su padre aun no había regresado. Su madre se encontraba preparando la cena. La olía desde el salón. Le estaba preparando su plato favorito. Siguió correteando hasta llegar a su cuarto en el piso superior. Le enseño todas sus cosas y le hizo  un hueco junto a su cama. Le preparo una cama improvisada con un cojín y su mantita de perritos. Escucho la puerta de la calle. Había vuelto su padre. Fue a enseñárselo. Este le revolvió el pelo en modo de saludo. Le presento a su amiguito. Su padre se sorprendió por su elección tan peculiar.

-¿Iras con él al colegio?- Dejo sus cosas a un lado del sofá y colgó la americana en el armario empotrado cerca de la entrada.
-¡No! –Negó enérgicamente con la cabeza.- Se asustaría con los horribles niños de clase.- Se asqueo al recordarlos.- Se quedara aquí vigilando la casa y cuidando a mama.

Era fin de semana….
Llego el lunes con sus cosas malas y buenas. Gritaba como un loco. Estaba en plena rabieta. No quería ponerse el sombrero. Era una de las prendas obligatorias del uniforme escolar de los pequeños. Al igual que los pantalones, calcetines y corbata azul marino y la camisa azul celeste; Si, sus primeros pasos en los estudios fueron en un colegio privado; Lo odiaba con toda su alma. Le apretaba la cabeza y las otras madres le ven adorable. Le estiraban mucho de los mofletes. Le dejaban toda la cara bien roja. Sus compañeros de clase se reían de él. Los detestaba. No los aguantaba. Conto con las manitas cuantos años tenía que aguantarles. Perdió la cuenta. No sabía cuántos años faltaban. Se mosqueo por no saberlo. Fue a preguntárselo a su profesora. No aclaro su duda. Lo mando a jugar con los bloques. Ya Tendría tiempo en averiguarlo.
Iba amontonando, pieza por pieza, los bloques de colores en línea recta. Ocupaba un extremo a otro de la clase. Estaban en su hora de descanso y él no había salido al patio. Prefería terminar lo que había empezado. Estaba a punto de hacerlo. Le quedaba una última pieza. La iba colocar hasta que alguien se lo arruino. Le destrozo el trabajo de horas de niño. Golpeo el suelo con el puñito e hizo amago de llorar. Era un niño. Lo niños no lloran. Grito cabreado.

-¡Me has roto mi construcción!- Se dirigía a un aniña con coletas. Salía del ropero.- ¡Arréglalo ahora mismo!- Exigió.
-¡Eh! Yo no lo he tirado. Estaba en medio.- No le hizo mucha gracia su contestación.
-¡Arréglalo fea!- Le tiro de las coletas.
-¡No tonto, yo no lo he tirado!- Le estiro de los mofletes.

Estuvieron chinchándose y peleando durante un buen rato. La profesora los vio y los separo. Porque llegaron a las manos.

-¡Hey chicos!- Tenia a uno en una mano y el otro en la otra mano. Hablaban a la vez. No les entendía.- ¡Parad ya! ¡Kakashi, Tu –Dirigiéndose a él.- vete a esa esquina a reflexionar y tu - Ahora a ella.- a la otra! ¡Estáis castigados!

Ese día nunca lo olvido durante esos tres años de guardería. Ahora empezaría primaria y nunca la volvería a ver. Les separarían en dos clases. Eso le quitaba el sueño. Estaba nervioso. Pues no dejaba de dar vueltas sobre sí mismo. ¿Qué haría? Necesitaba dormir. Bostezo y se estiro. Con la mano toco algo. Se había olvidado de su amigo. Lo cogió y se abrazo a él. Al poco rato se quedo dormido.

El reloj sonó a su hora. Se sobresalto tanto que cayó al suelo del susto. Corrió a la habitación de sus padres. Salto a la cama para despertarlos. Lo consiguió. Los despertó. Eran las siete de la mañana. Tenía hambre y ganas de ver su nuevo uniforme. Era algo intermedio entre los pequeños y mayores. Según su madre seguiría llevando la misma camisa azul celeste y la corbata, opcional, y calcetines azul marino, pero se le añadía un jersey del mismo color.

La hora llego. Los profesores les iban llamando de uno en uno. A él le toco en la primera, en la mejor según él. Pues ella no estaba y seria libre de sus insultos. Aunque lo malo era aguantar a uno de sus compañeros. Le seguía a todas partes, incluso hasta el baño. Lo tenía como compañero de pupitre dándole la turra. Le daban dolores de cabeza a tan temprana edad. Le estaba contando lo contento que estaba de compartir la misma mesa que él y sus vacaciones. Le mando callar. No soportaba su parloteo constante. Aunque tendría que aguantarle por largos años. Si, ahora ya sabía cuántos años iba estar en el colegio. Con el tiempo serian grandes amigos.

Los recreos en primaria eran como guerras campales.  Niños descontrolados correteando por todos lados. Otros practicando deportes: futbol y baloncesto en general. La otra mayoría jugando a juegos típicos de recreo. Él se encontraba allí junto con su pesado compañero. Se dirigían a la fuente. Se paró en seco. Su enemigo estaba ocupando la fuente. Le había detectado. Parecía ser que ella iba estar un buen rato ahí. Solo para fastidiarle.

-¡Eh! ¡Quítate de ahí fea!- La empujo y se apodero de la fuente- ¡Ya has bebido suficiente!
-¡Cabeza cuadrada!- Cambio su típico tonto por ese.- ¡No había terminado!- Lo golpeo.
-¡Pues ahora sí!- Le hace un gesto para que se fuera.- ¡Voy a beber!

Ella gruño y se marcho. Él había ganado la primera batalla del curso. Con el paso de los años, sus amables apelativos fueron cambiando mucho. Cada mes se cambiaban el nombre. Aunque al llegar al último curso de primaria se estancaron. Se les termino los insultos. Como un trato silencioso, se ignoraron. O eso parecía. Él empezó a leer más libros en busca de más apelativos para ella. Así, de provecho aumentaba su vocabulario. En cuanto a ella prefirió hacer que no existía. Esa actitud le fastidiaba mucho a él. El no insultarla le dejaba un extraño vacio dentro de él. No entendía el porqué. Así que lo dejo pasa.

El último día de curso llego. Su libertad estaba a punto de empezar. Dejarían atrás los recuerdos de la infancia para dar paso a la etapa más caótica de sus vidas, la adolescencia.

En ese mismo día, en el aeropuerto cualquiera, alguien bajaba de un avión….

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